miércoles, 21 de septiembre de 2011

Y ya está...

En mi “época del lado oscuro” tuve la oportunidad de conocer a muchos chicos y, aunque el 98% de ellos los pude catar, me quedé con las ganas de probar a ese 2% que se quedaba en el tintero.
Uno de ellos, Fabián, parecía que, simplemente, no se interesaba por mí; nunca entendí porque que qué me había enrollado con dos amigos suyos y otro que se quedó con las ganas... aunque pensándolo bien, igual era precisamente por eso, no querría ser una conquista más o, sencillamente, no se percató en ningún momento de mis fichas. Nunca lo sabré.
El otro, Jaime, era otra historia.
Le conocí en “el Medi” una noche de sábado cualquiera (como pasa en todas las “grandes” historias). Era una de esas en las que ya había tenido mi compensación por haber salido de fiesta, pero seguía contentilla, algo raro ya que, cuando me enrollaba con alguien, seguidamente me llegaba el bajón, por lo que me quedaba noche por delante. Por causas desconocidas pero no extrañas, Coral se encontraba en una mesa de jardín rodeada de gente que parecía que se divertía mucho con ella, así que yo me apunté sin que me invitara nadie a la improvisada reunión. Resultó que todos los componentes de ese grupo vivían en el mismo pueblo que yo. Por ello, me integré rápidamente en las conversaciones que se debatían en la mesa. Entre ellos había un pelirrojo bastante majo y un morenazo de ojos almendrados, muy alto y tremendamente atractivo al que no pude quitarle los ojos de encima. Aparentemente, a él le pasaba lo mismo conmigo y empezamos a tontear inocentemente. Se podía cortar la atracción sexual con tijeras. Y cuando parecía que iba a pillar por segunda vez esa noche, dejó caer que tenía novia... Así que nos despedimos con dos besos y miradas llenas de lujuria pero nada más.
El siguiente encuentro sucedió al cabo de unos meses, en un pub de Urbetera de Taras, donde me anunció con una exclamación de felicidad que estaba libre y soltero al fin. Me alegré por él y le comuniqué que entonces era yo la “esclava” de una relación por lo que estábamos exactamente igual que al principio... con las mismas lujuriosas miradas.
No fue hasta al cabo de un año cuando volvimos a coincidir, esta vez en el tren, y supimos que los dos éramos solteros y sin compromiso. Bajamos del tren y me acompañó a mi destino, que era la papelería donde yo trabajaba entonces. Abrí las puertas del local, entramos y, al llegar al mostrador, sin contenerse un segundo más, me besó fervientemente apretándome contra él para no permitirme escapar, aunque mi intención no era otra que derretirme. En un arrebato calenturiento, me agarró por las nalgas y me levantó para sentarme en el alto mostrador y así encontrarme a la altura de las circunstancias. Quería hacerlo allí mismo, en mi trabajo, sabiendo que mis jefes llegarían en cualquier momento. Como yo todavía tenía cierto reparo en practicar el sexo en lugares públicos, y más cuando puedes perder tu trabajo, intenté enfriarle y le demostré que, realmente, no era capaz de aquello. Así que quedamos para el sábado por la noche, cena y cine en el centro comercial.
Nunca había deseado tanto una cita como deseaba que llegara esta. Jaime me recogió cerca de mi casa con su Citroën Xsara Picasso y nos fuimos a cenar. No podíamos evitar la concupiscencia en nuestras miradas y pensábamos que ya iba siendo hora de desatarnos. Después de una -todavía- económica cena en el Burguer King y a la paciente espera para entrar a la sala del cine donde veríamos “Asesinato 1,2,3...” de Sandra Bullock, nos quedamos en la terraza del centro distrayéndonos con las luces de las casas que se encontraban en las faldas de las montañas cercanas. En ese momento en que me quedé frente a la barandilla, él se puso detrás de mí y empezó a besarme lleno de sensualidad en el cuello, entonces me giré y nos dimos un largo, cálido y húmedo beso justo antes de entrar a coger palomitas.
Mi curiosidad por la película menguó cuando una mano de Jaime empezó a buscar por debajo de mi falda mientras volvía a “atacar” mi cuello, hasta el punto que quería salirme de allí para poseerlo de una vez.
Por fin se acaba la película pero todavía teníamos que volver a casa... bueno, quien dice a casa... se me entiende, ¿no?
Cogimos el coche y, por el camino, cogió mi mano izquierda y la presionó contra su paquete que aprecié a punto de explotar. Por fin encontramos un rinconcito en el campo (difícil de encontrar alguno más asilvestrado que ese). Seguidamente, con la cuenta atrás de esa bomba de su entrepierna casi llegando al 1, se sentó en el asiento del copiloto del cual me había levantado previamente por no saber la idea que tenía, lo reclinó, se puso el condón en su, por desgracia, sorprendentemente pequeño pene, y me senté sobre él. Yo estaba tan caliente que debía estar quemándole la pelvis y esa debía de ser la causa por la que no sentía la penetración de Nada. Empecé a moverme frenéticamente sobre él para que la fricción calmara mis “picores” pero, aparentemente, a Jaime no le gustaba en absoluto ya que no dejaba de pedirme que lo hiciera mas despacio. Acabé dejándome mover por él sin sentir yo alivio ninguno pero claro, él SÍ que tuvo su final feliz. Con cierta frustración y dolor de rodillas por habérmelas dejado en los laterales del asiento (no recomiendo a nadie hacerlo ahí), me dejó en mi casa y, por supuesto, no tardé mucho en complacerme por mi cuenta, al menos me pude proporcionar mi propio final feliz para esa noche.

Sentí cierta desilusión por el fracasado polvo que creía sería perfecto, después de todo, era el más esperado desde hacía mucho tiempo. Al menos, por eso mismo, me dispuse a darle otra oportunidad, al fin y al cabo, podría haber sido un simple golpe de mala suerte, la próxima será mejor, ¡seguro!

Dejé pasar varios días para poder recuperar la epidermis de mis rodillas y así volver a quedar con Jaime. Nuestra segunda cita se limitó a una cena en un restaurante más cercano para no tener que esperar tanto como la otra vez. Me di cuenta de que se calentaba con solo mirarme y eso me hacía sentir realmente bien además de que disparaba mi libído casi como la suya. Como animales de costumbres que somos, acudimos al mismo rinconcito de la última vez pero, en esta ocasión, nadie se sentó sobre nadie. Bajamos del coche y nos reencontramos frente al capó donde empezamos a besarnos con fuerza como si el mundo se acabara esa noche. Me bajó el tirante del vestido y fue besando mi cuello hasta el escote donde metió la mano y sacó un pecho de un pellizco en el pezón, algo que no me gustó pero me aguanté. Mordisqueó la rosada aréola mientras bajaba el otro tirante y ayudaba a que todo mi busto quedara al descubierto. Yo, sin perder el tiempo, le agarré el paquete duro y firme y lo liberé sorprendentemente rápido de sus ajustados vaqueros para descubrir lo que seguía siendo una “corta ilusión”, aunque tan rígida que se le pegaba a la parte inferior de su vientre como si tuviese miedo a las alturas. Después de varios pellizcos y mordiscos a mis senos, me agaché para chupar su dedo extra, pero enseguida se puso el condón para penetrarme inmediatamente. Abrió una puerta del asiento trasero y me metí en el coche colocándome a cuatro patas dejando mis nalgas cara al exterior el máximo posible, para entonces la postura del perrito ya era mi favorita ya que suelo llegar bastante rápido a mis múltiples orgasmos. Sin esperar un segundo, de pié desde fuera, me penetró. O al menos eso parecía por y sus gemidos, los cuales trataba de imitar para hacer que llegara a mí la misma embriagadora sensación que él conseguía disfrutar. Ya empezaba a sentir el agradable roce de su bálano en mi interior cuando, de repente, Jaime emitió un sonido de inconfundible éxtasis, apretó su pelvis contra mi culo durante un par de segundos y sacó su quinta extremidad con un condón lleno de esperma...
(Hombres: sé que lo que estáis a punto de leer es la peor pregunta que se os puede hacer jamás, pero espero que entendais que, en esa situación, no había alternativa posible.)
Al notar esos dos segundos que duró lo que estaba claro que era la última embestida, mi boca pronunció una duda que, creo que es totalmente irreprochable que necesitara ser aclarada:

¿¿¿YA???

Esta duda fue respondida con un simple, plano y aparentemente ofendido: “sí”. En vista de que la función había terminado para todos y que las luces pronto se apagarían en las gradas, volví a vestirme sin mediar palabra. Nos subimos al coche, me devolvió a casa y con un beso de tornillo nos despedimos hasta esa “próxima vez” que ya se sabía que no sucedería nunca más.

martes, 21 de junio de 2011

¡Por ahí no!


A Miguel lo conocí a través de Coral una noche de cacería y ninguno de los dos nos intentamos cazar mutuamente. Eso sí, nos caímos genial y a veces tenía la sensación de que ellos dos hablaban de mí en el trabajo. Incluso mi amiga le facilitó mi número de teléfono sin consultarme, aunque no me importó cuando vi para qué lo necesitaba: cada día me sorprendía con un poema por mensaje de texto.

Al cabo de poco tiempo y dos días después de la celebración de mi cumpleaños, me pidió salir por medio de un bonito poema de rimas asonantes.
Nos gustábamos bastante y compartíamos el secreto de no haber sido estrenados todavía en el sexo "com-penetrado" aun después de haber superado la mayoría de edad.
Un día, en la casa deshabitada aunque amueblada de mi tía, después de habernos sobrecalentado hasta el punto en que parecía salir humo entre nosotros, decidimos pasar a la fase final. Al fin y al cabo, nadie nos esperaba, éramos pareja y no hacíamos nada malo (qué raro...).
Después de aquel ebrio 69 tuve suficiente confianza en mí misma para introducir su dulce glande en mi boca, aunque no necesitó casi ni que lo tocara con las manos ya que los preliminares, en su caso, ya habían tocado su fin. Pero cuando su diestra se dispuso a suavizar el nerviosismo que los dos sabíamos que se daría mediante caricias a mi clítoris, descubrió un poco desconcertado una "puerta cerrada". Por ello imaginó que unas caricias no serían suficientes y decidió ayudarse con su órgano invertebrado: la lengua. Estuvo varios minutos recorriéndome con ella toda la zona sensible de mi cuerpo localizada entre las piernas, luego se colocó el condón y... Llegó el momento de la verdad, el que sabía que iba a doler después de mi última cita con el culé. ¡Pero no! Sucedió lo que para mí era inesperado, su bálano entró sin miedo y con cierta fluidez. Y es que lo que yo no sabía, era que Miguel ya me había lubricado los bajos a conciencia además de que no había cesado de besarme el cuello y los labios de manera tan sensual que casi me olvidé del pasado y empecé a disfrutar de lo que hacía unos pocos años me habían presentado "formalmente" en un garaje apenas a un par de kilómetros de allí.
Fue tremendamente íntimo a la vez que brioso, tanto que no nos preocupamos en volver a vestirnos, total, estábamos los dos solos y nadie iba a venir... o al menos eso creía yo.
Sobre las 8 de la mañana -cálculos de alguien que duerme como un tronco y le cuesta horrores despertar- oí que alguien levantaba la persiana que daba al patio y al cuarto de baño; como creí que se trataba de Miguel que necesitaría evacuar, apenas hice caso. Entonces se oyó un gemido somnoliento que provenía de la misma cama donde yo dormía, giré la cabeza y ahí se encontraba mi amado. En ese momento, un chispazo de despierta lucidez me hizo dar cuenta de que había otra persona más en la casa "inhabitada" y que parecía necesitar ir al baño.
Aquella casa sólo tenía muebles antiguos: camas enormes con pies y cabezales exageradamente altos y sofás demasiado mullidos. El dormitorio en el que habíamos desatado nuestra lujuria se encontraba justo al lado del salón y, por lo tanto, con la puerta abierta, podía ver desde mi posición quién era el intruso, si no fuera por el muro que formaba el pié de cama. No tuve más remedio que levantar la cabeza y, aun con la dificultad que ofrece la miopía, distinguí la figura inconfundible de mi padre que, por lo que parecía, necesitaba hacer un pis urgentemente.
Aunque nos vislumbró en ropa interior (yo solo estaba en braguitas) no nos dijo nada y yo preferí hacerme la dormida en lugar de enfrentarme a esa situación realmente incómoda.
Esa noche me cayó una pequeña reprimenda por no haber bloqueado bien la puerta además de haber pasado la noche con mi NOVIO cuando sólo llevábamos un mes saliendo. En fin, algo tenían que decir.
En vista de la inseguridad que tenía aquella casa en cuanto a intimidad se refería, nos vimos obligados a cambiar de “nidito de amor” y acabamos usando su dormitorio para ciertas ocasiones.
Empezó a ser habitual que, por las tardes, me tocara coger el tren para ir a su casa y así estar juntos e intimar. Una tarde que estábamos solos  y él ya había jugado suficientemente on-line, empezamos a besarnos y a acariciarnos suavemente, pero subiendo el tono por momentos.
Ya ardiendo, me arrancó la blusa que hacía juego con mi minifalda y yo le arrebaté la camiseta, comencé a mordisquearle ligeramente los pezones, para luego ir bajando hasta su cinturón, el cual desabroché con soltura, y así encontrarme con el interior del huevo sorpresa.  Le despojé de sus pantalones y calzoncillos a la vez y me dediqué a rozar con dedicación su generosa virilidad. Jugueteé con ese largo caramelo apretándolo con mi lengua contra el paladar, succioné con mis labios al ritmo de los gemidos de Miguel y lamí sus testículos como si se trataran de dos bolas de mi helado favorito. Al cabo de unos minutos de volverle loco con mi lengua y mi gran capacidad de succión para las tres partes más sensibles del hombre, éste empujó levemente mis hombros hacia arriba en señal de que parara: ahora le tocaba a él. Al mismo tiempo que se levantaba de la cama me tumbaba a mí.
Sobó, lamió y también mordisqueó mis senos los cuales le ponían a mil con tan sólo mirarlos. Pero su atención no se encontraba sólo ahí, su mano, que se movía lentamente por debajo de mi falda sin levantarla, introdujo su dedo índice justo donde se encontraba mi punto G, lo cual me produjo un notable placer físico junto al que se siente al apreciar el ser tan deseada. Un poco más adelante ya sólo pensaba en el placer físico, sobre todo cuando percibí, entre tanta lubricación natural, que ya me había metido otros dos dedos de la misma mano. Le pedí que por favor se detuviera ahí, no porque no me gustara, todo lo contrario, el deleite era tan grandioso que creía perder la razón, pero quería tener un orgasmo conjunto por lo que, sin dejar que pasara un segundo más, le coloqué yo misma el condón, me volví a tumbar, me quité las braguitas que al parecer no había tenido tiempo a quitarme, y le atraje hacia mí para que me volviera a penetrar como tan bien me parecía que hacía. Después de un corto pero más que satisfactorio orgasmo femenino, se detuvo y me pidió que me pusiera a 4 patas, y sin rechistar me coloqué en dicha posición. Al parecer, hay varios niveles de altura para esa postura en concreto dependiendo de lo que pretendas con ella. Por nuestro desconocimiento, me puse en una posición que resultara lo más cómoda posible para mí, inocentemente, sin tener en cuenta de que podría llevar a “malentendidos”. Por suerte en ese momento, acertó diana con su embestida pero se salió un par de veces de su órbita, y a la tercera vez que de forma muy enérgica y pasional me la clavó… ¡Auch!
No se habría cerciorado de su error, aparentemente, de no ser por el sorprendido grito de horrible dolor que sentí al haber sido penetrada por la puerta trasera.

Por supuesto, aunque nuestra relación no había acabado ahí ya que un error lo tiene cualquiera, se me pasaron las ganas de todo y Miguel tuvo que acabarlo esa noche por su cuenta.

Afortunadamente esa cierta experiencia dolorosa fue bloqueada al instante por mi memoria, pero sigo odiando el sexo anal hasta el día de hoy. Aun así, me considero una persona de mentalidad abierta y me gustan las segundas oportunidades, procuro probarlo todo más de una vez porque nunca se sabe, y “el anal” no es una excepción.

sábado, 14 de mayo de 2011

POSTURAS NUMERADAS Y NO NUMERADAS, 2ª parte

En el anterior capítulo:

Me llevó a una casa de dos pisos: el primer piso era donde vivía la familia y la planta baja podría llamársele perfectamente “el picadero” para él y sus hermanas.
Por desgracia descubrí la tradición familiar “in situ”.

Empezamos a desnudarnos de forma frenética, pues ya ardíamos de deseos cárnicos y, justo cuando mis braguitas habían abandonado ya su lugar correspondiente, alguien intentaba atravesar el umbral de la puerta previamente atrancada. Mi instinto me gritó taparme, mas, por alguna razón, esa cama sólo vestía una funda cutre y polvorienta de colchón. El segundo grito de mi instinto fue el plan B de huida que suele reducirse a esconderse pero: ¿Dónde?
Lo más inmediato, ya que todo esto sucedía en cuestión de segundos, fue debajo de la cama. Sin pensar en que podría haber cualquier cosa ahí abajo, me tiré rodando; sentía bastante vergüenza por tal reacción, pero a la vez me alegré de haber sido lo suficientemente rápida como para no ser vista en el caso de que Pablo no consiguiera llegar a tiempo de impedir la entrada del intruso. Cuando éste terminó de hablar con su hermana y se dio la vuelta, me llamó sorprendido de ver que había desaparecido de la faz de aquel colchón azul estampado de flores blancas.
Al salir desnuda de mi cubil, me di  cuenta de que la cosa no había sido para tanto pero no me reí mucho, eso ya me pasaría 10 años después al recordarlo. Nos relajamos entre besos y caricias y la temperatura volvió a subir casi inmediatamente.
Entonces ya me podía fijar en ese cuerpo tremendamente sexy y bien esculpido, sobre todo las zonas masculinas en las que más me fijo: tenía los brazos y el abdomen marcados por los músculos pero sin llegar a lo obsceno, perfecto. Sus manos, que rozaban mis pechos con sensualidad, eran muy suaves y viriles, todo en él estaba en perfecto equilibrio, incluso su más que notable masculinidad genital. Ésta ya se encontraba palpitante cuando su dueño puso mi mano sobre el paquete indicándome que la acariciase.
Era la primera vez que sostenía las intimidades de un hombre entre mis manos, aun después de todas las experiencias que había adquirido con el sexo opuesto, éstas no pasaban de magreos sobre la ropa y mucho boca-boca. A causa de haber visto muy poco porno, me dejé llevar por la imaginación y por lo básico que nunca falla: empecé a acariciarlo con delicadeza.
Él había hecho lo mismo con todo mi cuerpo y ya se encontraba su atención entre mis piernas mientras seguía besando mi boca, que pronto abandonó para dedicarse plenamente a besar mis labios... inferiores.
Esa sensación fue indescriptible, cada lametazo y sorbo que dedicaba a mi inexperimentado clítoris, suponía un escalón más al nirvana orgásmico.
Al encontrarse él tan excitado como yo, quiso disfrutar también del placer oral. Como un experto amante y bastante caballeroso que resultó ser, me dejó a mí completamente tumbada en la cama y se puso sobre mi sin tumbar su cuerpo del todo para darme acceso a su pene desde mi boca, de tal manera que la postura le permitiera seguir disfrutando de su suculento "postre" y a la vez, yo pudiera degustar el mío con todos sus matices. Ese "banana split" estaba ya a punto de caramelo. (algo que hizo plantearme si los genitales masculinos tenían ese estado como único al igual que el de las mujeres, siempre me los encontraba igual...)
Succionar esa punta rosada cual chupachups de fresa me causaba cierto placer novedoso y a él se le tensaban los músculos de las piernas en señal de "por favor, sigue por ese camino". En vista de esa respuesta, levanté levemente mi cabeza, mientras tenía mi golosina todavía dentro de la boca, para que el glande tropezara con mi paladar al mismo tiempo que mi mano derecha masajeaba su afeitado escroto.
Apenas oía sus gemidos, ahogados por los besos de tornillo que le dedicaba a mi vulva. Aunque se hacían más perceptibles según se tensaba mi mandíbula mientras la subía y bajaba a un ritmo que ascendía por momentos.
En dos ocasiones, Pablo me dió a saborear sus dedos empapados de mi propio jugo, al parecer había llegado a la cumbre por partida doble. Estos actos detonaron la lujuria de los dos hasta el punto de no retorno... sin resistirse más, dejé que se esparciera su semen por toda mi cara dejando que cayera un poco en mi boca para saborearlo mientras seguía chupando unos segundos más antes de que se desplomara rendido a mi lado.

La experiencia de sentir ese formidable placer que te permite demostrarlo haciendo que la otra persona sienta lo mismo y al mismo tiempo, es una de las posturas del Kamasutra más necesarias y deseosas de ser repetidas.

sábado, 30 de abril de 2011

POSTURAS NUMERADAS Y NO NUMERADAS


Cuando conocí a Coral en el cursillo de informática de verano, se podría decir que, oficialmente, daba comienzo a “mi época de tiempos mozos”, o también llamada por mí misma, por haber probado y hecho cosas de las que no me siento orgullosa ni tampoco me arrepiento: Edad del lado oscuro.
Congenié enseguida con Coral y empezamos a salir de fiesta todos los sábados con nuestras minifaldas negras y botas altas, rompedoras y llamando la atención allá donde íbamos. Teníamos nuestros pubs favoritos: el Mediterráneo y el Rumba.
Para comenzar la fiesta entrábamos al “medi” y, se podría decir que escaneábamos el interior del local mientras caminábamos hacia la barra del fondo donde se encontraba nuestro camarero favorito que, seguramente, pretendía zumbarse a mi amiga.
En el proceso de reconocimiento, era bastante posible encontrar alguna víctima de nuestros intencionados roces y que no sabría dónde se metía hasta que era demasiado tarde. Aunque era aún más que posible que nuestro coto de caza se iniciara en el Rumba. En el primer pub nos dedicábamos más a socializar y empezar con la tarea de emborracharse (cada vez se requerían más chupitos para conseguir nuestro buen fin).
Allí nos encontrábamos con amigos a los que invitábamos y luego hacían ellos lo mismo, así hasta las 3 y pico de la madrugada cuando ya se amenazaba con cerrar el local. Entonces era cuando la gran mayoría de usuarios del Mediterráneo nos trasladábamos al siguiente pub. Era gracioso ver que algunos se quedaban por el camino…
En el Rumba acababa alternando con todos los varones con los que pretendía intimar e incluso con los que no –vaya, que cosas…-. En una ocasión, me abordó un pobre chico que parecía necesitado de autoestima suplicando líos conmigo, al negárselos, ya que me parecía patético, se enfadó conmigo y aprovechó un momento del baile para darme tal empujón que casi acabé en el suelo. Hay gente que no sabe perder, pero este tío no me pareció que estuviera muy cuerdo…

Otro sábado, sin proponérmelo, me ligué a uno de los camareros que le gustaban a Coral. Por suerte, ésta hacía ya un tiempo que no mostraba interés por el mozo, diez años mayor que yo. Aún con el camino libre, no lo tenía yo muy claro, y cuando me besaba e intentaba tocar alguna parte de mi joven cuerpo, alguien le interrumpía llamándolo “asaltacunas” y cosas parecidas. Incluso estando yo bajo los efectos de mucho alcohol, recuerdo que estábamos en el porche del pub a la hora de cerrar y mi amiga se encontraba a nuestro lado tumbada y medio inconsciente por la sobrada dosis de licor de melocotón.
A causa de las numerosas interrupciones, el hombre se rindió limitándose a llevarnos a casa para que la otra no cogiese la moto en ese estado medio comatoso.

La noche en la que cené en el lugar de trabajo de mi compañera de juergas, no me podía imaginar que la acabaría en la cama con un desconocido.
Esta vez estaba especialmente empeñada en llevarme al huerto a ese guapo rubio de ojos color miel que decía llamarse Pablo. Después de haberme invitado a varios chupitos, gesto que interpreté como luz verde para enredarnos en la oscuridad, afortunadamente resultó que no me equivocaba.
Después de asegurarme de que Coral se iba en buen estado a su casa, acepté la invitación de Pablo de ir a la suya.
Me llevó a una casa de dos pisos: el primer piso era donde vivía la familia y la planta baja podría llamársele perfectamente “el picadero” para él y sus hermanas.
Por desgracia descubrí la tradición familiar “in situ”.

CONTINUARÁ…


Y en el próximo capítulo:
...justo cuando mis braguitas habían abandonado ya su lugar correspondiente, alguien intentaba entrar...

sábado, 23 de abril de 2011

Paréntesis

Buenos días a todos, lamento comunicaros que esta semana no me ha sido posible escribir el relato por varias razones: primero tuve muchísimo trabajo y no tuve tiempo ni fuerzas para encontrar la inspiración, luego tuve un par de días  de vacaciones y entre descanso y excursiones, tampoco tuve tiempo de escribir, y hoy estoy agonizando de dolor por culpa de ese defecto de fábrica que tenemos las mujeres unos días al mes.

Espero que me disculpeis esta semana y que no lo tengais en cuenta. Procuraré compensaros con un buen relato la próxima semana ya que procuro superarme en cada história.

Un saludo a todos y mis disculpas de nuevo...

Fdo. Lady Heather

viernes, 15 de abril de 2011

MOTO A TROIS


De nuevo, un verano más vieja, andaba con ganas de conocer gente nueva en las fiestas de El Pomar. Después de todo, la experiencia me demostraba que era la mejor temporada para ello. Ya habían pasado las de El Barranquet y en ellas había descubierto que hay gente que es mejor tener cerca durante muy poco tiempo. Por supuesto, me refiero a Sebas y a un pequeño encuentro no fortuito que me hizo desear que ese año se hubiera quedado en sus amadísimas tierras. El príncipe se acabó convirtiendo en rana, sin más, era cuestión de tiempo.
Mi suerte cambió ya el primerísimo día de fiestas: carne fresca en la puerta del “Atmósfera”. Cada una de nosotras abordamos nuestros objetivos sin preámbulos. Fue tan fácil ligarme a Manu que no voy a entrar en demasiados detalles; él quería, yo también, así que nos fuimos a darnos el lote a un portal cercano al pub. Al cabo de lo que me pareció una hora de tener su mano frotando mi delantera y después de descubrir -y desaprobar ¿?- que mis uñas no estaban perfectamente esmaltadas, llegaron sus amigos a convencerle para ir a otro local. Entre éstos estaban un melenudo cogido de la mano de Mónica, su hermano que era más alto y más guapo, y un moreno bastante mono y que sólo hablaba francés. Mientras se llevaban a Manu me prometían que al día siguiente sería para mí, palabra que me tomé en serio. Esa noche todavía tuve tiempo para reunirme con mis amigas, tomar un par de copas y bailar hasta que los que ponían la música se hartasen.

A la tarde del día siguiente me arreglé, acicalé y esmalté las 20 uñas para que Manu no tuviera “quejas”. Una vez llevaba el pub de moda un rato abierto, me acerqué con el vestido que mejor lucía mis encantos carnales: era corto, negro y escotado por la espalda, por lo que no me permitía llevar sujetador… Llegando a la puerta del local me encontré con Mónica, su ligue, el hermano de su ligue y el francés, pero no estaba Manu. En el momento en que pregunté por él, y después de que el hermano del “Coleta” consiguiera centrarse en lo que yo decía y no lo que movía por no estar debidamente sujeto, me respondió que vendría más tarde, así que decidí que le esperaría junto con sus amigos.
Mientras el tiempo pasaba y cotejaba el plantón de Manu, iba conociendo a Miguel y el francés Dani. Por ejemplo, supe que Miguel era Kickboxer amateur y Dani era español que se hacía pasar por francés pero en realidad solo sabía preguntar a sus amigos “¿qué ha dicho?” en ese idioma para ligar.
Cuando ya estaba totalmente asimilado el esquinazo, me percaté de que era absurdo seguir vestida de esa guisa, así que cambié el vestidito sexy con sus sandalias a juego por un peto vaquero ancho, un top azul a rayas horizontales y unas zapatillas deportivas. Innecesaria es la mención de la disconformidad de mis compañeros nocturnos…
No supe que era más que cordialidad su insistencia de acompañarme durante el tiempo que hiciera falta esa noche hasta que Miguel me preguntó por enésima vez si todavía esperaba a Manu y al recibir una despreocupada respuesta negativa, se le dibujó una pícara sonrisa y me besó.
Eso sí que fue inesperado, ni siquiera me había planteado a lo largo de la noche, y ya era bien entrada la madrugada, que el tío quisiera enrollarse conmigo.
Le devolví el beso bastante animada ya que a mí también me iba gustando el chico, pero había un problema: de los cinco, cuatro estábamos emparejados y el pobre Dani era el quinto en discordia. El chico pidió que se le llevara a casa ya que habían venido en el mismo vehículo y no tenía propio; el tema era que yo me negaba a quedarme de farolillo con Mónica y “Coleta” y el vehículo era una Vespino casi tan vieja como yo. La solución acabó siendo ir los tres en la moto quedándome yo en medio de los dos. Por suerte, el campamento donde residían estaba cerca, pero había que ir despacio para no sufrir accidentes mecánicos.
Por el camino, Dani encontró un buen pasatiempo: se puso a explorar por medio del tacto el interior de mi peto. Después de apartarle dos veces la mano mientras yo iba agarrada a un durísimo abdomen, me di por vencida y permití que el descaro de Dani siguiera con su exploración. Pero no parecía conformarse con que las manos deambularan por debajo de mi top, enseguida comenzó a besarme suavemente el cuello haciéndome estremecer de tal forma que me resultaba imposible resistirme… por lo que no lo hice. Cuando tenía sus dos manos apretando mis senos y nuestras bocas ya se habían encontrado, llegamos al camping. Al detener el motor y volverse para pedir a Dani que se bajara, Miguel nos encontró en una postura complicada de malinterpretar, no supo disimular el cabreo que causa sentirse traicionado por un amigo. Mas no le dejé hablar al agarrarle de la nuca y darle un ardiente beso de tornillo. 
Todavía nos encontrábamos sobre la moto frente a la puerta del recinto: Dani detrás sin liberar nada, comiéndome el cuello, y Miguel delante, aunque ya de cara a mí, y besándome fervientemente. Entonces Dani decidió dar el paso que llevaba al siguiente nivel. Éste, al parecer, trataba de estimular mis sentidos para llegar al máximo placer, soltó mis pechos dándole una oportunidad a Miguel de saborear mis excitados pezones, quien no tardó en destaparlos completamente, para que se deleitaran observándolos. Mientras mi lengua volvía a enredarse con la del falso francés, su mano izquierda inmovilizaba mi cintura para que mis labios inferiores no escapasen de las caricias que provocaban sus diestros dedos causando una rápida y más que agradable humedad final. Tenían que asegurarse entre los dos de que nuestros actos fueran silenciosos y no permitir que saliera un solo gemido extasiado de mi garganta, y eso lo controlaban bien… pero no mis manos que se estaban dedicando a acariciar ambos paquetes hinchados al igual que mi clítoris en esos momentos…

Entonces llegamos al campamento y yo volví a quitar la mano de Dani del interior de mi peto por tercera vez para que Miguel no se diera cuenta de ello, porque estaba convencida de que no le iba a gustar. Sin detener el motor, el Kickboxer indicó al ibérico gabacho que se podía bajar y quedaron para encontrarse unas horas más tarde. La vuelta resultó bastante más rápida que la ida gracias a la ausencia de la tercera persona.
Volvimos al pub donde seguían la otra pareja dándose el lote y nos pusimos a hacer lo mismo durante un largo rato. Cuando ya nos podíamos ver las caras sin necesidad prácticamente de luz artificial, se fueron los dos hermanos con el ciclomotor que milagrosamente había sobrevivido a aquella prueba de resistencia.
Esa mañana sufrí agujetas en los músculos del brazo que conectan con los dos dedos centrales de la mano derecha por recordar la fantasía que había tenido un par de horas antes… ah, y aproveché para continuarla desde donde fue interrumpida.

sábado, 9 de abril de 2011

SALUDA AL PAJARITO… ¡RÁPIDO QUE SE VA!

Un año más sabia, después de mi primer orgasmo, vuelven a ser fiestas en mi pueblo natal, y para mi sorpresa, ya que no supe más de él en todo un año, volví a encontrarme con el rubio de ojos azules pero ya no más desconocido, en la barrera-burladero que daba forma a la plaza en la que soltaban las vaquillas. Y esta vez, tampoco estaba solo.

Antes de seguir, he de hacer un inciso aquí: Por esta época, yo era una gran fan de los jugadores del Barça, me gustaban TODOS. Aclarado esto, voy a seguir contando.

En esta ocasión le acompañaba un guapísimo doble de Bogarde -osea que se parecía a éste pero en guapo- y además era de Barcelona.  Cuando Toni me presentó a Sebas, no me contuve la idea del parecido que vi en ese instante, y así se lo hice saber: desde ese momento me lo metí en el bolsillo. Se lo tomó como un cumplido ya que no sólo era hincha del Barça, sino que era Boix Noi. Hubo feeling muy rápido y al ir cada uno por su lado (los dos teníamos planes ya), me quedé con la sensación de querer volver a verle, pero no dije nada.
A la noche siguiente tocaba disco móvil con fiesta de espuma en la plaza de toros y acudimos a la misma mi hermana Violeta y yo. Cuando aun no habíamos alcanzado ni la plaza, nos interceptaron mis dos “nuevos amigos”. A Violeta le gustaban más los jugadores del equipo blau-grana que a mí y mientras íbamos al lugar de los acontecimientos, le contaba lo que había pasado la noche anterior. Cuando les iba a presentar, Violeta adivinó quién era quién enseguida llamando Bogarde a Sebas, un gesto que le hizo saber inmediatamente que me molaba (al menos es lo que me dijo él mas tarde).  En un descuido, me cogieron en volandas entre los dos y me metieron en la nube de espuma, algo que intentaron hacer con "Vio" sin éxito. Yo opuse falsa resistencia ya que temía caer en el suelo si lo hacía, además de que reconozco que me gustó la travesura, para qué negarlo…
Después de hacer el tonto en esa masa jabonosa, no demasiado blanca a causa del polvo y la tierra del suelo, Sebas me susurró al oído que fuéramos a dar una vuelta a lo que accedí después de perder de vista a mi hermana, al fin y al cabo, estábamos en el pueblo y nuestras amigas andaban por ahí, así que no me preocupaba desaparecer. En el paseo, a medida que él se ponía más cariñoso dándome besos en la mejilla y llamándome “mi reina”, decidimos arrinconarnos a intimar un poco más. Así que se me ocurrió llevarle al piso que ejercía como franco mientras la familia veraneaba en una caseta de campo en un municipio cercano.  En cuanto cruzamos el umbral de mi casa, puso su mano en mi nuca para asegurarse mi posición y así darme un beso de tornillo de los que hacen época. Pero más época hizo la rapidez con la que me quitó el top sucio por la espuma y dejó descubiertos mis pechos para luego,  mientras admiraba el tamaño de mis senos con los ojos y las manos, devorarlos aun sazonados por la tierra acumulada por la espumosa fiesta de la que acabábamos de huir. Tras haber calentado el ambiente de una forma bastante fogosa y haberse comido tanta arenilla que ya podía hacer perlas cual coquina, el sol amenazaba ya con salir en cualquier momento. Nos fuimos cada uno a su cama despidiéndonos con un “hasta dentro de unas horas”.
Esa noche compartimos un momento bastante agradable y lo repetíamos todas las veces que podíamos. Para mí no eran solo momentos agradables: estaba totalmente enamorada, tanto que le permití hacerme un chupetón en el cuello, pero el problema fue que me lo hizo en un lateral de la garganta y tan alto (no había forma de taparlo con la ropa) que todo el mundo lo veía, incluyendo a mis padres que no dijeron nada… en ese momento. Ya me regañarían más tarde. Los pobres no sabían cómo reaccionar, era la primera vez que su hija mostraba tal descaro y estaban desconcertados. 

Lo que se definiría como nuestra última cita fue de lo más memorable y mórbida. Nos encontramos en el pueblo vecino y no teníamos sitio donde desatar nuestra lujuria por última vez y sin ser vistos. Por suerte, todos los habitantes y visitantes estaban en la plaza de la iglesia disfrutando del teatro al aire libre, así que no era difícil encontrar intimidad ya que el resto del pueblo estaba desértico aquella noche. Aun así, no me convencía en absoluto el sitio que él eligió: las gradas del polideportivo.
A medida que nos besábamos, su miembro iba creciendo; con tan sólo una caricia a mis senos, se ponía a cien. Así que, sin aguantarse más las ganas me dijo que quería penetrarme allí mismo. Pretendía que dejara mi virginidad allí, en las gradas de un polideportivo, abandonada. Pero yo estaba enamorada así que no le costó convencerme de que ese “puntazo” era buena idea.
Cuando desnudó su enorme y erecto bálano me asusté, no sabía que esas cosas tan grandes eran las que tenían que pasar por algo tan estrecho que ni se nota su existencia al caminar. Me cubrió de besos y caricias para distraerme de la impresión que sobradamente sabía que me iba a causar, pero no lo consiguió. Sentí una fuerte y dolorosa inyección que hizo que me arrepintiera haberle permitido la entrada en mí. Afortunadamente, no insistió en seguir con esa extenuante muestra de afecto.
La situación no podía ser más morbosa pero, lamentablemente, no es recomendable que tu primera vez sea así: pene de 18cm de longitud más un considerable grosor introduciéndose en una vulva joven y a estrenar mientras estás tumbada sobre unas duras gradas de hormigón al aire libre y a la vista de cualquiera que pase por allí.

Lo bueno que saqué de aquella experiencia es que me presentaron la herramienta principal del oponente. Sólo me quedaba preguntarme si algún día podría llegar a disfrutar de su uso…