domingo, 13 de julio de 2014

AGAIN???

Por suerte, todavía en Millington y haciendo amigos. Toda la historia con Damian acabó siendo narrada por el protagonista dándome la fama de “la promiscua novata” cuando no llevaba ni un mes en el lugar. Aun habiéndola liado parda, afortunadamente, la cosa no fue a más.
Volviendo unos días atrás:
Cuando todavía residía en el hotel donde había sido contratada para trabajar, conocí al camarero más descarado de la costa Este de la isla británica. Aunque pensándolo bien, a pesar de todo, era mucho más sutil y seductor que D. 
Prácticamente la última noche de estancia en el hotel, me aburría tanto que iba visitando a mis compañeros de la cocina, luego saludaba a los del bar, después a recepción, luego otra vez al bar… hasta encontrar a alguien que me diera conversación. Entre ellos estaban Jesús por la zona de recepción y Luisa por el restaurante junto con Valerio “el camarero descarado”.  Aunque no me decía nada a mí, siempre acababa donde yo estaba interrumpiendo mis conversaciones erráticas para preguntarle algo a mi interlocutor. Sobre las once y pico de la noche, dejó de resistirse las ganas de preguntarme porqué andaba de aquí para allá como una abeja por todo el hotel. Mi torpe respuesta fue la del aburrimiento pero que no se preocupara que ya me iba a dormir. Su contrariada expresión me sorprendió ya que creía que era lo que esperaba oír, estaba convencida de que mi presencia le molestaba por la de veces que me había interrumpido. En ese momento salía Luisa de la cocina y noté como si se le encendía la bombilla al camarero:
-¿ Por qué no te vienes con Luisa y Yola a mi casa a cenar el viernes? También estará Saito, mi compañero de piso. A Luisa se le iluminó la mirada y me animó a aceptar, así lo hice con cierto rubor por no conocer a nadie prácticamente –aunque haya gente que no se crea que yo tenga ciertos reparos en meterme en casas desconocidas, así es-. La idea de que iba a acudir a una fiesta privada a las dos semanas de llegar, me fascinaba.
Llegado el día en cuestión, yo ya me había trasladado a la Staff House; Yola, Luisa y yo nos dirigimos al piso de Val y Saito que estaba a dos calles de nuestra casa, llamamos al timbre y nos abrió el tímido chico japonés.
La velada estaba siendo muy divertida y emocionante; la cena, obra de Valerio, deliciosa; el postre, aunque estábamos a mediados de noviembre, fue un helado; pero la sobremesa fue "lo mejor" de la noche. El chef le dijo a Saito que pusiera “esa” cinta de video, él, con una sonrisa nerviosa, se precipitó sobre el video, puso la cinta rápidamente y le dio al Play. No tardamos las invitadas en reconocer el género de la película, con apenas diálogo y acción a cada minuto de visionado… sí, era porno. Lo más destacable de la película es que todo lo hacían en grupo, curiosamente. La sonrisa del asiático no se borraba y habría jurado que miraba a mi compañera filipina cada cierto tiempo. Allí estábamos, las tres invitadas y los dos anfitriones, observando con ojo crítico (al menos en lo que respectaba a las féminas) cómo cambiaban de posturas y cómo se iban intercambiando las parejas. Parecía que el sombrerero loco daba la orden.
Resultó una prueba difícil de superar ya que es un género que siempre consigue “emocionarme” y me cuesta controlarlo pero, parece que conseguí disimular tan bien que Val creyó que ni me inmutaba ver cómo enculaban a la rubia. Entre cambios de tonalidades en los gemidos emitidos desde los altavoces del televisor, el camarero y yo, acabamos conversando tumbados sobre su cama. (Inciso: El piso era diáfano: cocina, dormitorio y sala de estar, eran la misma habitación, por lo que no nos habíamos separado del grupo en ningún momento.) La charla era de lo más informal e instructiva para mi aprendizaje pero eso no impidió que, entre lección y lección, mi mano acariciara sus algo peludas pero suaves espinillas. Él, de vez en cuando me miraba la mano y luego a los ojos, callado y con esa media sonrisa que dibujaban sus apetecibles labios, yo le devolvía la mirada directa y penetrante.
Cuando Yola decidió que ya era tarde (yo me quería quedar un rato más pero era  UK y no sabía volver a casa), nos despedimos de los chicos y nos dirigimos a casa. La sensación de haber encontrado una amistad especial se quedó conmigo desde ese momento.
Un día, el camarero acabó de trabajar a la misma hora que yo y, al coincidir en recepción, se ofreció a acompañarme a casa. Por el camino me cubría de cumplidos y me obsequiaba con caballerosidad demostrándome lo que prácticamente ya sabía: yo también era una amistad especial para él. Al llegar al portal me preguntó por mi día libre y volvió a ofrecerse de cocinero para mí, esta vez aprovechando la noche anterior a ese día al coincidir nuestro tiempo de ocio la semana siguiente.  Después de aceptar su invitación, nos volvimos a quedar mirándonos fijamente, se despidió con un beso en la mejilla y diciendo que le encantaba mi descaro combinado con cierta expresión dulce, luego se fue a su casa. Yo simplemente flipaba.
En la noche de la medio-cita, también estaría Saito pero bueno, no creía que pasara nada por lo que su presencia sería agradable. Cenamos algo tan suculento como lo de la otra noche, este tío era un cocinero excelente a pesar de no ser la dieta mediterránea a la que yo estoy acostumbrada. Después del helado de turno también puso una película pero no era tan picante. Charlamos los tres, bebimos mucho vino y llegó el momento de levantarse del sofá… uuuyy, mejor lo hago en otro momento, si eso… En vista que el otro momento habría que retrasarlo al máximo, ofrecieron el sofá como alternativa a mi lejanísima cama. Me prestaron una camiseta como pijama y allí mismo acampé.

Al día siguiente, a las 6h Saito andaba arriba y abajo todo lo silencioso que sabía ser; pronto empezaba su jornada laboral en el restaurante del hotel.  Yo me hacía la dormida para no hacerle sentir culpable de haberme despertado y esperé a oír cómo cerraba la puerta del edificio para abrir yo los ojos. Entonces, descubrí que Val me observaba esperando a que me despertara para proponerme algo indecente:
-¿Me acompañas?- dijo apartando el edredón nórdico de la cama para señalarme su lado con una sonrisa tentadora y traviesa. Mi reacción fue lenta sólo porque aún estaba medio adormilada. Él estaba muy alegre y despierto, sin ningún ápice de vacilación, me cubrió con el nórdico besándome con tal pasión que me “despertó”. Estaba tumbado de lado junto a mí, apoyado sobre su codo izquierdo, inclinaba su torso hacia mi busto acariciado con la mano derecha, la cual deslizaba suavemente desde mi mandíbula, volvió a detenerse en mis senos que apretaba al tiempo que respiraba fuerte y acercaba su cadera más a la mía. Bajó la mano un poco más hasta llegar debajo de mis braguitas, frotando con mucha suavidad pero cierta firmeza, entonces buscó mi mano izquierda por estar más libre que la otra y la condujo sin dilación a su henchido paquete. Nuestras lenguas no querían dejar de buscarse y entrelazarse. La lujúria se había desatado definitivamente. Mi aún pobre experiencia se exaltó ligeramente por su hallazgo con la mano izquierda, respiré profundamente y liberé de su apretada cárcel aquel adulto miembro de semental acariciándolo desde el escroto para “leer” su tamaño con las yemas de los dedos. Val, a su vez, desnudó mi pecho con fuerza rompiendo su propia camiseta y recorrió todas mis curvas con su caliente lengua, acelerando notablemente mi respiración y añadiendo humedad a mis intimidades femeninas. La fascinación por el tamaño de ciertas partes del cuerpo de cada uno y las caricias que nos proporcionábamos sin cesar condujeron a éxtasis intenso, mutuo y sincronizado. Cuando ya nos encontrábamos desnudos bajo el edredón, cogió un condón de debajo de la almohada, lo desprecintó y, sin dejar de besarme, a una velocidad pasmosa (habría dicho que lo hizo con una sola mano) se lo puso y penetró su erecto falo en mí, mirándome a los ojos y leyendo en mi mirada el deseo incontenible de sentirle dentro. La indescriptible sensación que me causaba su bálano no hacía más que aumentar con los vaivenes lentos aunque intensos de su pelvis. Disfrutando de cada embestida, cada una más contundente que la anterior, me sentía a las puertas del orgasmo más increíble de mi vida pero, justo en ese preciso instante en el que iba a llamar a la puerta, recibí el “empujón” prolongado y acompañado de una exclamación de saciedad que provenía de mi amante. Sí, había llegado antes que yo a su propio final feliz. Se dejó caer rendido sobre mí, abrazándome y susurrándome al oído que yo había conseguido algo que nunca le había pasado antes. Aun así, seguía dentro de mí, y con movimientos que aparentaban involuntarios, seguía con el vaivén suave pero notorio. Al encontrarme yo todavía húmeda y ansiosa, decidí centrarme en disfrutar de esos movimientos que volvieron a convertirse en embestidas rápidamente. Esta vez sí que iba a llegar al timbre, me encantaba lo que sentía, su virilidad seguía inalterablemente dura y él ya había tenido su gran momento. Me tocaba a mí… síii, síiiii,… mmmmhhmmm… qué? Porqué te detien… ¿¿OTRA VEZ??

Pues sí, otra vez. Y ahora, no habían más vaivenes, embestidas ni empujones; ni siquiera cambio de postura. Se acabó. Me juró que nunca le había pasado antes, que sólo le había pasado conmigo… blablablá. Joder, menos mal que soy infalible, que disfruto del sexo y que soy multiorgásmica, no?