Cuando conocí a Coral en el cursillo de informática de verano, se podría decir que, oficialmente, daba comienzo a “mi época de tiempos mozos”, o también llamada por mí misma, por haber probado y hecho cosas de las que no me siento orgullosa ni tampoco me arrepiento: Edad del lado oscuro.
Congenié enseguida con Coral y empezamos a salir de fiesta todos los sábados con nuestras minifaldas negras y botas altas, rompedoras y llamando la atención allá donde íbamos. Teníamos nuestros pubs favoritos: el Mediterráneo y el Rumba.
Para comenzar la fiesta entrábamos al “medi” y, se podría decir que escaneábamos el interior del local mientras caminábamos hacia la barra del fondo donde se encontraba nuestro camarero favorito que, seguramente, pretendía zumbarse a mi amiga.
En el proceso de reconocimiento, era bastante posible encontrar alguna víctima de nuestros intencionados roces y que no sabría dónde se metía hasta que era demasiado tarde. Aunque era aún más que posible que nuestro coto de caza se iniciara en el Rumba. En el primer pub nos dedicábamos más a socializar y empezar con la tarea de emborracharse (cada vez se requerían más chupitos para conseguir nuestro buen fin).
Allí nos encontrábamos con amigos a los que invitábamos y luego hacían ellos lo mismo, así hasta las 3 y pico de la madrugada cuando ya se amenazaba con cerrar el local. Entonces era cuando la gran mayoría de usuarios del Mediterráneo nos trasladábamos al siguiente pub. Era gracioso ver que algunos se quedaban por el camino…
En el Rumba acababa alternando con todos los varones con los que pretendía intimar e incluso con los que no –vaya, que cosas…-. En una ocasión, me abordó un pobre chico que parecía necesitado de autoestima suplicando líos conmigo, al negárselos, ya que me parecía patético, se enfadó conmigo y aprovechó un momento del baile para darme tal empujón que casi acabé en el suelo. Hay gente que no sabe perder, pero este tío no me pareció que estuviera muy cuerdo…
Otro sábado, sin proponérmelo, me ligué a uno de los camareros que le gustaban a Coral. Por suerte, ésta hacía ya un tiempo que no mostraba interés por el mozo, diez años mayor que yo. Aún con el camino libre, no lo tenía yo muy claro, y cuando me besaba e intentaba tocar alguna parte de mi joven cuerpo, alguien le interrumpía llamándolo “asaltacunas” y cosas parecidas. Incluso estando yo bajo los efectos de mucho alcohol, recuerdo que estábamos en el porche del pub a la hora de cerrar y mi amiga se encontraba a nuestro lado tumbada y medio inconsciente por la sobrada dosis de licor de melocotón.
A causa de las numerosas interrupciones, el hombre se rindió limitándose a llevarnos a casa para que la otra no cogiese la moto en ese estado medio comatoso.
La noche en la que cené en el lugar de trabajo de mi compañera de juergas, no me podía imaginar que la acabaría en la cama con un desconocido.
Esta vez estaba especialmente empeñada en llevarme al huerto a ese guapo rubio de ojos color miel que decía llamarse Pablo. Después de haberme invitado a varios chupitos, gesto que interpreté como luz verde para enredarnos en la oscuridad, afortunadamente resultó que no me equivocaba.
Después de asegurarme de que Coral se iba en buen estado a su casa, acepté la invitación de Pablo de ir a la suya.
Me llevó a una casa de dos pisos: el primer piso era donde vivía la familia y la planta baja podría llamársele perfectamente “el picadero” para él y sus hermanas.
Por desgracia descubrí la tradición familiar “in situ”.
CONTINUARÁ…
Y en el próximo capítulo:
...justo cuando mis braguitas habían abandonado ya su lugar correspondiente, alguien intentaba entrar...