Por suerte, todavía en Millington y haciendo amigos. Toda la
historia con Damian acabó siendo narrada por el protagonista dándome la fama de
“la promiscua novata” cuando no llevaba ni un mes en el lugar. Aun habiéndola
liado parda, afortunadamente, la cosa no fue a más.
Volviendo unos días atrás:
Cuando todavía residía en el hotel donde había sido
contratada para trabajar, conocí al camarero más descarado de la costa Este de
la isla británica. Aunque pensándolo bien, a pesar de todo, era mucho más sutil
y seductor que D.
Prácticamente la última noche de estancia en el hotel, me
aburría tanto que iba visitando a mis compañeros de la cocina, luego saludaba a
los del bar, después a recepción, luego otra vez al bar… hasta encontrar a
alguien que me diera conversación. Entre ellos estaban Jesús por la zona de
recepción y Luisa por el restaurante junto con Valerio “el camarero
descarado”. Aunque no me decía nada a
mí, siempre acababa donde yo estaba interrumpiendo mis conversaciones erráticas
para preguntarle algo a mi interlocutor. Sobre las once y pico de la noche, dejó
de resistirse las ganas de preguntarme porqué andaba de aquí para allá como una
abeja por todo el hotel. Mi torpe respuesta fue la del aburrimiento pero que no
se preocupara que ya me iba a dormir. Su contrariada expresión me sorprendió ya
que creía que era lo que esperaba oír, estaba convencida de que mi presencia le
molestaba por la de veces que me había interrumpido. En ese momento salía Luisa
de la cocina y noté como si se le encendía la bombilla al camarero:
-¿ Por qué no te vienes con Luisa y Yola a mi casa a cenar
el viernes? También estará Saito, mi compañero de piso. A Luisa se le iluminó
la mirada y me animó a aceptar, así lo hice con cierto rubor por no conocer a
nadie prácticamente –aunque haya gente que no se crea que yo tenga ciertos
reparos en meterme en casas desconocidas, así es-. La idea de que iba a acudir
a una fiesta privada a las dos semanas de llegar, me fascinaba.
Llegado el día en cuestión, yo ya me había trasladado a la
Staff House; Yola, Luisa y yo nos dirigimos al piso de Val y Saito que estaba a
dos calles de nuestra casa, llamamos al timbre y nos abrió el tímido chico
japonés.
La velada estaba siendo muy divertida y emocionante; la cena,
obra de Valerio, deliciosa; el postre, aunque estábamos a mediados de
noviembre, fue un helado; pero la sobremesa fue "lo mejor" de la noche. El
chef le dijo a Saito que pusiera “esa” cinta de video, él, con una sonrisa
nerviosa, se precipitó sobre el video, puso la cinta rápidamente y le dio al
Play. No tardamos las invitadas en reconocer el género de la película, con
apenas diálogo y acción a cada minuto de visionado… sí, era porno. Lo más
destacable de la película es que todo lo hacían en grupo, curiosamente. La
sonrisa del asiático no se borraba y habría jurado que miraba a mi compañera
filipina cada cierto tiempo. Allí estábamos, las tres invitadas y los dos
anfitriones, observando con ojo crítico (al menos en lo que respectaba a las
féminas) cómo cambiaban de posturas y cómo se iban intercambiando las parejas.
Parecía que el sombrerero loco daba la orden.
Resultó una prueba difícil de superar ya que es un género
que siempre consigue “emocionarme” y me cuesta controlarlo pero, parece que
conseguí disimular tan bien que Val creyó que ni me inmutaba ver cómo enculaban
a la rubia. Entre cambios de tonalidades en los gemidos emitidos desde los
altavoces del televisor, el camarero y yo, acabamos conversando tumbados sobre
su cama. (Inciso: El piso era diáfano: cocina, dormitorio y sala de estar, eran
la misma habitación, por lo que no nos habíamos separado del grupo en ningún
momento.) La charla era de lo más informal e instructiva para mi aprendizaje
pero eso no impidió que, entre lección y lección, mi mano acariciara sus algo
peludas pero suaves espinillas. Él, de vez en cuando me miraba la mano y luego
a los ojos, callado y con esa media sonrisa que dibujaban sus apetecibles
labios, yo le devolvía la mirada directa y penetrante.
Cuando Yola decidió que ya era tarde (yo me quería quedar un
rato más pero era UK y no sabía volver a
casa), nos despedimos de los chicos y nos dirigimos a casa. La sensación de
haber encontrado una amistad especial se quedó conmigo desde ese momento.
Un día, el camarero acabó de trabajar a la misma hora que yo
y, al coincidir en recepción, se ofreció a acompañarme a casa. Por el camino me
cubría de cumplidos y me obsequiaba con caballerosidad demostrándome lo que
prácticamente ya sabía: yo también era una amistad especial para él. Al llegar
al portal me preguntó por mi día libre y volvió a ofrecerse de cocinero para
mí, esta vez aprovechando la noche anterior a ese día al coincidir nuestro
tiempo de ocio la semana siguiente.
Después de aceptar su invitación, nos volvimos a quedar mirándonos
fijamente, se despidió con un beso en la mejilla y diciendo que le encantaba mi
descaro combinado con cierta expresión dulce, luego se fue a su casa. Yo
simplemente flipaba.
En la noche de la medio-cita, también estaría Saito pero
bueno, no creía que pasara nada por lo que su presencia sería agradable.
Cenamos algo tan suculento como lo de la otra noche, este tío era un cocinero
excelente a pesar de no ser la dieta mediterránea a la que yo estoy
acostumbrada. Después del helado de turno también puso una película pero no era
tan picante. Charlamos los tres, bebimos mucho vino y llegó el momento de
levantarse del sofá… uuuyy, mejor lo hago en otro momento, si eso… En vista que
el otro momento habría que retrasarlo al máximo, ofrecieron el sofá como
alternativa a mi lejanísima cama. Me prestaron una camiseta como pijama y allí
mismo acampé.
Al día siguiente, a las 6h Saito andaba arriba y abajo todo
lo silencioso que sabía ser; pronto empezaba su jornada laboral en el
restaurante del hotel. Yo me hacía la
dormida para no hacerle sentir culpable de haberme despertado y esperé a oír
cómo cerraba la puerta del edificio para abrir yo los ojos. Entonces, descubrí
que Val me observaba esperando a que me despertara para proponerme algo
indecente:
-¿Me acompañas?- dijo apartando el edredón nórdico de la
cama para señalarme su lado con una sonrisa tentadora y traviesa. Mi reacción
fue lenta sólo porque aún estaba medio adormilada. Él estaba muy alegre y
despierto, sin ningún ápice de vacilación, me cubrió con el nórdico besándome
con tal pasión que me “despertó”. Estaba tumbado de lado junto a mí, apoyado
sobre su codo izquierdo, inclinaba su torso hacia mi busto acariciado con la
mano derecha, la cual deslizaba suavemente desde mi mandíbula, volvió a detenerse
en mis senos que apretaba al tiempo que respiraba fuerte y acercaba su cadera
más a la mía. Bajó la mano un poco más hasta llegar debajo de mis braguitas,
frotando con mucha suavidad pero cierta firmeza, entonces buscó mi mano
izquierda por estar más libre que la otra y la condujo sin dilación a su
henchido paquete. Nuestras lenguas no querían dejar de buscarse y entrelazarse.
La lujúria se había desatado definitivamente. Mi aún pobre experiencia se exaltó
ligeramente por su hallazgo con la mano izquierda, respiré profundamente y
liberé de su apretada cárcel aquel adulto miembro de semental acariciándolo
desde el escroto para “leer” su tamaño con las yemas de los dedos. Val, a su
vez, desnudó mi pecho con fuerza rompiendo su propia camiseta y recorrió todas
mis curvas con su caliente lengua, acelerando notablemente mi respiración y
añadiendo humedad a mis intimidades femeninas. La fascinación por el tamaño de
ciertas partes del cuerpo de cada uno y las caricias que nos proporcionábamos
sin cesar condujeron a éxtasis intenso, mutuo y sincronizado. Cuando ya nos
encontrábamos desnudos bajo el edredón, cogió un condón de debajo de la
almohada, lo desprecintó y, sin dejar de besarme, a una velocidad pasmosa
(habría dicho que lo hizo con una sola mano) se lo puso y penetró su erecto
falo en mí, mirándome a los ojos y leyendo en mi mirada el deseo incontenible
de sentirle dentro. La indescriptible sensación que me causaba su bálano no
hacía más que aumentar con los vaivenes lentos aunque intensos de su pelvis.
Disfrutando de cada embestida, cada una más contundente que la anterior, me
sentía a las puertas del orgasmo más increíble de mi vida pero, justo en ese
preciso instante en el que iba a llamar a la puerta, recibí el “empujón”
prolongado y acompañado de una exclamación de saciedad que provenía de mi
amante. Sí, había llegado antes que yo a su propio final feliz. Se dejó caer
rendido sobre mí, abrazándome y susurrándome al oído que yo había conseguido
algo que nunca le había pasado antes. Aun así, seguía dentro de mí, y con
movimientos que aparentaban involuntarios, seguía con el vaivén suave pero
notorio. Al encontrarme yo todavía húmeda y ansiosa, decidí centrarme en
disfrutar de esos movimientos que volvieron a convertirse en embestidas
rápidamente. Esta vez sí que iba a llegar al timbre, me encantaba lo que
sentía, su virilidad seguía inalterablemente dura y él ya había tenido su gran
momento. Me tocaba a mí… síii, síiiii,… mmmmhhmmm… qué? Porqué te detien…
¿¿OTRA VEZ??
Pues sí, otra vez. Y ahora, no habían más vaivenes,
embestidas ni empujones; ni siquiera cambio de postura. Se acabó. Me juró que
nunca le había pasado antes, que sólo le había pasado conmigo… blablablá.
Joder, menos mal que soy infalible, que disfruto del sexo y que soy
multiorgásmica, no?