Después de cortar con Miguel y
pasada mi desilusión en cuanto a las relaciones rápidas, decidí irme a probar
suerte en el ámbito laboral extranjero. Encontré trabajo en un hotel de un
pequeño pueblo pesquero “cercano” a Londres y, después de una semana de
instalaciones y papeleos, ya estaba trabajando de camarera de pisos por primera
vez en mi vida.
Pude comprobar que había gente de
todas partes de Europa y más adelante se unieron dos chicos procedentes del
Oriente Medio.
Por suerte para mí, ya que
comprobé horrorizada que no sabía ni pedir mi desayuno de manera que se me
entendiera, también habían españoles trabajando en el hotel. Aunque suene a
chiste de los 90, en la cocina habían: un inglés, un francés y un alemán. El pinche inglés era más o menos de mi edad y
era realmente mono, sus facciones tenían un aire infantil lo que me recordaba a
DiCaprio, al igual que su pelo rubio y los ojos grandes y azules. Aunque no me
fijé enseguida en él, parece que él sí que se fijó rápidamente en mí y, por lo
que pude comprobar más adelante, fui marcada como su “próximo ligue”.
Al principio creía que se estaban burlando de
mí por no entender ni torta, Damian (pronúnciese “Deimian”) y Jesús, el Manager
on Duty, pero nada más lejos que Cuenca. Mi frustración con el idioma estudiado
durante más de media vida crecía por momentos. Jesús se prestó a traducir lo
que decía Damian que parecía ir dirigido a mí, pero yo no le daba importancia
hasta que el español dijo que “eso” pasaba de traducirlo, que ya se las
apañaría el otro para que yo lo entendiera.
Sorpresa ruborizante a nivel fresón cuando descubrí lo que quería
preguntarme Damian; su duda no era otra que saber lo que significaba la frase
en español “¿quieres acostarte conmigo?” y yo, inocente de mí, se lo traduje
guiándome por una canción que no había acabado de pasar de moda. ¿Que cuál fue
su respuesta? “I’m working now, maybe later” … Si la pared tras de mi hubiera
sido de color rojo sangre, no se hubiera apreciado diferencia entre mi cara y
ella. Me largué del comedor del servicio toda indignada por el gol que me
habían acabado de meter. Luego, pensándolo más en frío, la historia me fue
pareciendo más anecdótica que inadecuada.
Luisa, mi nueva amiga italiana,
celebraba su cumpleaños en la casa del servicio, la semana siguiente del
“incidente lingüístico”, y Damian estaba invitado. Cogí una de mis mayores
cogorzas esa noche, tanto, que no era capaz de subir al piso superior donde se
encontraba mi habitación sin correr serio peligro de caer rodando por las
escaleras. Mientras me estaba poniendo ciega de… ¿era cerveza?, charlaba con
Damian cuando me confesó que ese había sido su último día en el hotel y que iba
a tener que despedirse de todos. Al oír esas palabras me dí cuenta de que el
único polvo seguro iba a desaparecer así que decidí demostrarle que mi
despedida iba a ser diferente a la del resto de compañeros. Las caricias y mimos de borracha
perdida -dícese también cachonda- no sirvieron de mucho ya que el muy cazurro no
lo pillaba. Nos despedimos con un largo abrazo y se fue aún con el temporal que
se daba en ese momento.
Yo me quedé valorando mi
borrachera y considerando pedirle ayuda a Luisa para subir, pero entonces sonó
el timbre de la casa. Era Damian empapado. Le pregunté si es que se había
dejado algo pero no supo responderme nada concreto, ahí la que no pillaba nada
era yo. Como buena samaritana le ofrecí una toalla pero había que llegar a mi
cuarto ya que cada uno tenía sus cosas en sus respectivos dormitorios. No se
opuso a la idea de acompañarme para llegar al objeto mencionado y con paciencia
me llevó hasta la puerta, la abrí, busqué la toalla y se la brindé, se secó la
cabeza un poco, la soltó y nos besamos. Me gusta abrazar mientras beso y esa
costumbre no se me va ni por muchas cervezas que me tome, al hacerlo noté una empapadísima chaqueta y se la quité porque pensé que iba a darle
más frío que calor, pero él no lo entendió así. Creyó que lo estaba desnudando
y parece que era la señal que esperaba para poder desnudarme él a mí ya que la
velocidad con la que lo hizo fue pasmosa. Justo en el momento en que él seguía
con la misma ropa (sin chaqueta) pero yo ya estaba totalmente desnuda, llamaron
a la puerta. Me puse mi bata y abrí: era mi compañera de habitación que solo
quería coger una cosa y volverse a la habitación contigua donde residía su
novio Jesús. Supongo que notó que cortó mucho el rollo porque su interrupción
fue de segundos.
Al cerrar la puerta con cerrojo y
sabiendo que Nuka captó lo que iba a pasar, y que por ello no iba a volver
hasta mañana, nos sentimos libres de fornicar sin miedo.
Él se quitó toda la ropa, me
tumbó en la cama ya sin la bata y contempló mi cuerpo completamente desnudo.
Pasó la mano suavemente sobre mis pechos y mi cintura mientras decía “you are
really beautiful” y yo le respondí algo así como que yo no lo creía pero que
vale. Le dí un condón y me pareció que se lo estaba poniendo. Entonces me dio
la vuelta colocándome a cuatro patas sobre el colchón y sin tardar un segundo
más, me penetró fuerte y sin titubeos. No hubo preliminares, sólo sus caricias.
Pasó de ser un atento caballero a una bestia semental. Sus embestidas eran rotundas, su escroto
depilado rebotaba tan fuerte sobre mi clítoris que lo hacía humedecer de forma
incontrolada. Me tenía cogida muy firmemente de la cadera y, aunque hubiera
querido, no habría tenido escapatoria. Esa situación me excitaba todavía más. Mis
gritos de placer intentaron ser silenciados por su mano pero sin resultados. Me
llevó al éxtasis como en cuatro ocasiones antes de que su pene saliera para
llamar a la puerta trasera. Entró
suavemente pero sin dilación, la fricción seguía ocasionándome placer aunque,
en este caso, mezclado con una sensación que no podría llamarse dolor, pero
tampoco era agradable, simplemente extraña. Los efectos del alcohol seguían en
escena y él seguía disfrutando del que podría haber sido su polvo del año, ya
que yo no le negaba nada y recibía orgasmos sin parar. Sacó su masculino
miembro de mi intimidad trasera, me empujó suavemente hacia un lado indicando
intención de volver a dejar mis senos a la vista. Allí tumbada y extasiada, me
penetró de nuevo con energía. Esta vez aprovechó para lamer mis pezones con una
lengua ardiente y totalmente excitante sin que su pelvis perdiera su frenético ritmo.
Faltaba poco para el final. Pero eso no hizo que mi, ya colección de orgasmos,
cesara de adquirir novedades. Cuando mi amante no pudo esperar a que yo llegara por enésima vez al
nirvana, sacó su virilidad y esparció sus fluidos por todo mi cuerpo llegando
hasta mi boca.
No hubo más que decir, y menos en
inglés cuando está una en estado casi de resaca y aprendiendo el idioma. Me
ayudó a lavar las partes de mi cuerpo que contenían pruebas irrefutables de lo
que había acabado de pasar. Se vistió y se fue. Yo me quedé mirando los efectos de un terremoto que había sufrido mi cama… junto a un condón sin precinto y a medio desplegar que, obviamente, no habia acabado donde debía.
(Mi memoria me dice que su
entrada por detrás no se autorizó pero, borracheras posteriores, me dicen lo
contrario).