sábado, 14 de mayo de 2011

POSTURAS NUMERADAS Y NO NUMERADAS, 2ª parte

En el anterior capítulo:

Me llevó a una casa de dos pisos: el primer piso era donde vivía la familia y la planta baja podría llamársele perfectamente “el picadero” para él y sus hermanas.
Por desgracia descubrí la tradición familiar “in situ”.

Empezamos a desnudarnos de forma frenética, pues ya ardíamos de deseos cárnicos y, justo cuando mis braguitas habían abandonado ya su lugar correspondiente, alguien intentaba atravesar el umbral de la puerta previamente atrancada. Mi instinto me gritó taparme, mas, por alguna razón, esa cama sólo vestía una funda cutre y polvorienta de colchón. El segundo grito de mi instinto fue el plan B de huida que suele reducirse a esconderse pero: ¿Dónde?
Lo más inmediato, ya que todo esto sucedía en cuestión de segundos, fue debajo de la cama. Sin pensar en que podría haber cualquier cosa ahí abajo, me tiré rodando; sentía bastante vergüenza por tal reacción, pero a la vez me alegré de haber sido lo suficientemente rápida como para no ser vista en el caso de que Pablo no consiguiera llegar a tiempo de impedir la entrada del intruso. Cuando éste terminó de hablar con su hermana y se dio la vuelta, me llamó sorprendido de ver que había desaparecido de la faz de aquel colchón azul estampado de flores blancas.
Al salir desnuda de mi cubil, me di  cuenta de que la cosa no había sido para tanto pero no me reí mucho, eso ya me pasaría 10 años después al recordarlo. Nos relajamos entre besos y caricias y la temperatura volvió a subir casi inmediatamente.
Entonces ya me podía fijar en ese cuerpo tremendamente sexy y bien esculpido, sobre todo las zonas masculinas en las que más me fijo: tenía los brazos y el abdomen marcados por los músculos pero sin llegar a lo obsceno, perfecto. Sus manos, que rozaban mis pechos con sensualidad, eran muy suaves y viriles, todo en él estaba en perfecto equilibrio, incluso su más que notable masculinidad genital. Ésta ya se encontraba palpitante cuando su dueño puso mi mano sobre el paquete indicándome que la acariciase.
Era la primera vez que sostenía las intimidades de un hombre entre mis manos, aun después de todas las experiencias que había adquirido con el sexo opuesto, éstas no pasaban de magreos sobre la ropa y mucho boca-boca. A causa de haber visto muy poco porno, me dejé llevar por la imaginación y por lo básico que nunca falla: empecé a acariciarlo con delicadeza.
Él había hecho lo mismo con todo mi cuerpo y ya se encontraba su atención entre mis piernas mientras seguía besando mi boca, que pronto abandonó para dedicarse plenamente a besar mis labios... inferiores.
Esa sensación fue indescriptible, cada lametazo y sorbo que dedicaba a mi inexperimentado clítoris, suponía un escalón más al nirvana orgásmico.
Al encontrarse él tan excitado como yo, quiso disfrutar también del placer oral. Como un experto amante y bastante caballeroso que resultó ser, me dejó a mí completamente tumbada en la cama y se puso sobre mi sin tumbar su cuerpo del todo para darme acceso a su pene desde mi boca, de tal manera que la postura le permitiera seguir disfrutando de su suculento "postre" y a la vez, yo pudiera degustar el mío con todos sus matices. Ese "banana split" estaba ya a punto de caramelo. (algo que hizo plantearme si los genitales masculinos tenían ese estado como único al igual que el de las mujeres, siempre me los encontraba igual...)
Succionar esa punta rosada cual chupachups de fresa me causaba cierto placer novedoso y a él se le tensaban los músculos de las piernas en señal de "por favor, sigue por ese camino". En vista de esa respuesta, levanté levemente mi cabeza, mientras tenía mi golosina todavía dentro de la boca, para que el glande tropezara con mi paladar al mismo tiempo que mi mano derecha masajeaba su afeitado escroto.
Apenas oía sus gemidos, ahogados por los besos de tornillo que le dedicaba a mi vulva. Aunque se hacían más perceptibles según se tensaba mi mandíbula mientras la subía y bajaba a un ritmo que ascendía por momentos.
En dos ocasiones, Pablo me dió a saborear sus dedos empapados de mi propio jugo, al parecer había llegado a la cumbre por partida doble. Estos actos detonaron la lujuria de los dos hasta el punto de no retorno... sin resistirse más, dejé que se esparciera su semen por toda mi cara dejando que cayera un poco en mi boca para saborearlo mientras seguía chupando unos segundos más antes de que se desplomara rendido a mi lado.

La experiencia de sentir ese formidable placer que te permite demostrarlo haciendo que la otra persona sienta lo mismo y al mismo tiempo, es una de las posturas del Kamasutra más necesarias y deseosas de ser repetidas.