De nuevo, un verano más vieja, andaba con ganas de conocer gente nueva en las fiestas de El Pomar. Después de todo, la experiencia me demostraba que era la mejor temporada para ello. Ya habían pasado las de El Barranquet y en ellas había descubierto que hay gente que es mejor tener cerca durante muy poco tiempo. Por supuesto, me refiero a Sebas y a un pequeño encuentro no fortuito que me hizo desear que ese año se hubiera quedado en sus amadísimas tierras. El príncipe se acabó convirtiendo en rana, sin más, era cuestión de tiempo.
Mi suerte cambió ya el primerísimo día de fiestas: carne fresca en la puerta del “Atmósfera”. Cada una de nosotras abordamos nuestros objetivos sin preámbulos. Fue tan fácil ligarme a Manu que no voy a entrar en demasiados detalles; él quería, yo también, así que nos fuimos a darnos el lote a un portal cercano al pub. Al cabo de lo que me pareció una hora de tener su mano frotando mi delantera y después de descubrir -y desaprobar ¿?- que mis uñas no estaban perfectamente esmaltadas, llegaron sus amigos a convencerle para ir a otro local. Entre éstos estaban un melenudo cogido de la mano de Mónica, su hermano que era más alto y más guapo, y un moreno bastante mono y que sólo hablaba francés. Mientras se llevaban a Manu me prometían que al día siguiente sería para mí, palabra que me tomé en serio. Esa noche todavía tuve tiempo para reunirme con mis amigas, tomar un par de copas y bailar hasta que los que ponían la música se hartasen.
A la tarde del día siguiente me arreglé, acicalé y esmalté las 20 uñas para que Manu no tuviera “quejas”. Una vez llevaba el pub de moda un rato abierto, me acerqué con el vestido que mejor lucía mis encantos carnales: era corto, negro y escotado por la espalda, por lo que no me permitía llevar sujetador… Llegando a la puerta del local me encontré con Mónica, su ligue, el hermano de su ligue y el francés, pero no estaba Manu. En el momento en que pregunté por él, y después de que el hermano del “Coleta” consiguiera centrarse en lo que yo decía y no lo que movía por no estar debidamente sujeto, me respondió que vendría más tarde, así que decidí que le esperaría junto con sus amigos.
Mientras el tiempo pasaba y cotejaba el plantón de Manu, iba conociendo a Miguel y el francés Dani. Por ejemplo, supe que Miguel era Kickboxer amateur y Dani era español que se hacía pasar por francés pero en realidad solo sabía preguntar a sus amigos “¿qué ha dicho?” en ese idioma para ligar.
Cuando ya estaba totalmente asimilado el esquinazo, me percaté de que era absurdo seguir vestida de esa guisa, así que cambié el vestidito sexy con sus sandalias a juego por un peto vaquero ancho, un top azul a rayas horizontales y unas zapatillas deportivas. Innecesaria es la mención de la disconformidad de mis compañeros nocturnos…
No supe que era más que cordialidad su insistencia de acompañarme durante el tiempo que hiciera falta esa noche hasta que Miguel me preguntó por enésima vez si todavía esperaba a Manu y al recibir una despreocupada respuesta negativa, se le dibujó una pícara sonrisa y me besó.
Eso sí que fue inesperado, ni siquiera me había planteado a lo largo de la noche, y ya era bien entrada la madrugada, que el tío quisiera enrollarse conmigo.
Le devolví el beso bastante animada ya que a mí también me iba gustando el chico, pero había un problema: de los cinco, cuatro estábamos emparejados y el pobre Dani era el quinto en discordia. El chico pidió que se le llevara a casa ya que habían venido en el mismo vehículo y no tenía propio; el tema era que yo me negaba a quedarme de farolillo con Mónica y “Coleta” y el vehículo era una Vespino casi tan vieja como yo. La solución acabó siendo ir los tres en la moto quedándome yo en medio de los dos. Por suerte, el campamento donde residían estaba cerca, pero había que ir despacio para no sufrir accidentes mecánicos.
Por el camino, Dani encontró un buen pasatiempo: se puso a explorar por medio del tacto el interior de mi peto. Después de apartarle dos veces la mano mientras yo iba agarrada a un durísimo abdomen, me di por vencida y permití que el descaro de Dani siguiera con su exploración. Pero no parecía conformarse con que las manos deambularan por debajo de mi top, enseguida comenzó a besarme suavemente el cuello haciéndome estremecer de tal forma que me resultaba imposible resistirme… por lo que no lo hice. Cuando tenía sus dos manos apretando mis senos y nuestras bocas ya se habían encontrado, llegamos al camping. Al detener el motor y volverse para pedir a Dani que se bajara, Miguel nos encontró en una postura complicada de malinterpretar, no supo disimular el cabreo que causa sentirse traicionado por un amigo. Mas no le dejé hablar al agarrarle de la nuca y darle un ardiente beso de tornillo.
Todavía nos encontrábamos sobre la moto frente a la puerta del recinto: Dani detrás sin liberar nada, comiéndome el cuello, y Miguel delante, aunque ya de cara a mí, y besándome fervientemente. Entonces Dani decidió dar el paso que llevaba al siguiente nivel. Éste, al parecer, trataba de estimular mis sentidos para llegar al máximo placer, soltó mis pechos dándole una oportunidad a Miguel de saborear mis excitados pezones, quien no tardó en destaparlos completamente, para que se deleitaran observándolos. Mientras mi lengua volvía a enredarse con la del falso francés, su mano izquierda inmovilizaba mi cintura para que mis labios inferiores no escapasen de las caricias que provocaban sus diestros dedos causando una rápida y más que agradable humedad final. Tenían que asegurarse entre los dos de que nuestros actos fueran silenciosos y no permitir que saliera un solo gemido extasiado de mi garganta, y eso lo controlaban bien… pero no mis manos que se estaban dedicando a acariciar ambos paquetes hinchados al igual que mi clítoris en esos momentos…
Entonces llegamos al campamento y yo volví a quitar la mano de Dani del interior de mi peto por tercera vez para que Miguel no se diera cuenta de ello, porque estaba convencida de que no le iba a gustar. Sin detener el motor, el Kickboxer indicó al ibérico gabacho que se podía bajar y quedaron para encontrarse unas horas más tarde. La vuelta resultó bastante más rápida que la ida gracias a la ausencia de la tercera persona.
Volvimos al pub donde seguían la otra pareja dándose el lote y nos pusimos a hacer lo mismo durante un largo rato. Cuando ya nos podíamos ver las caras sin necesidad prácticamente de luz artificial, se fueron los dos hermanos con el ciclomotor que milagrosamente había sobrevivido a aquella prueba de resistencia.
Esa mañana sufrí agujetas en los músculos del brazo que conectan con los dos dedos centrales de la mano derecha por recordar la fantasía que había tenido un par de horas antes… ah, y aproveché para continuarla desde donde fue interrumpida.
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