A Miguel lo conocí a través de Coral una noche de cacería y ninguno de los dos nos intentamos cazar mutuamente. Eso sí, nos caímos genial y a veces tenía la sensación de que ellos dos hablaban de mí en el trabajo. Incluso mi amiga le facilitó mi número de teléfono sin consultarme, aunque no me importó cuando vi para qué lo necesitaba: cada día me sorprendía con un poema por mensaje de texto.
Al cabo de poco tiempo y dos días después de la celebración de mi cumpleaños, me pidió salir por medio de un bonito poema de rimas asonantes.
Nos gustábamos bastante y compartíamos el secreto de no haber sido estrenados todavía en el sexo "com-penetrado" aun después de haber superado la mayoría de edad.
Un día, en la casa deshabitada aunque amueblada de mi tía, después de habernos sobrecalentado hasta el punto en que parecía salir humo entre nosotros, decidimos pasar a la fase final. Al fin y al cabo, nadie nos esperaba, éramos pareja y no hacíamos nada malo (qué raro...).
Después de aquel ebrio 69 tuve suficiente confianza en mí misma para introducir su dulce glande en mi boca, aunque no necesitó casi ni que lo tocara con las manos ya que los preliminares, en su caso, ya habían tocado su fin. Pero cuando su diestra se dispuso a suavizar el nerviosismo que los dos sabíamos que se daría mediante caricias a mi clítoris, descubrió un poco desconcertado una "puerta cerrada". Por ello imaginó que unas caricias no serían suficientes y decidió ayudarse con su órgano invertebrado: la lengua. Estuvo varios minutos recorriéndome con ella toda la zona sensible de mi cuerpo localizada entre las piernas, luego se colocó el condón y... Llegó el momento de la verdad, el que sabía que iba a doler después de mi última cita con el culé. ¡Pero no! Sucedió lo que para mí era inesperado, su bálano entró sin miedo y con cierta fluidez. Y es que lo que yo no sabía, era que Miguel ya me había lubricado los bajos a conciencia además de que no había cesado de besarme el cuello y los labios de manera tan sensual que casi me olvidé del pasado y empecé a disfrutar de lo que hacía unos pocos años me habían presentado "formalmente" en un garaje apenas a un par de kilómetros de allí.
Fue tremendamente íntimo a la vez que brioso, tanto que no nos preocupamos en volver a vestirnos, total, estábamos los dos solos y nadie iba a venir... o al menos eso creía yo.
Sobre las 8 de la mañana -cálculos de alguien que duerme como un tronco y le cuesta horrores despertar- oí que alguien levantaba la persiana que daba al patio y al cuarto de baño; como creí que se trataba de Miguel que necesitaría evacuar, apenas hice caso. Entonces se oyó un gemido somnoliento que provenía de la misma cama donde yo dormía, giré la cabeza y ahí se encontraba mi amado. En ese momento, un chispazo de despierta lucidez me hizo dar cuenta de que había otra persona más en la casa "inhabitada" y que parecía necesitar ir al baño.
Aquella casa sólo tenía muebles antiguos: camas enormes con pies y cabezales exageradamente altos y sofás demasiado mullidos. El dormitorio en el que habíamos desatado nuestra lujuria se encontraba justo al lado del salón y, por lo tanto, con la puerta abierta, podía ver desde mi posición quién era el intruso, si no fuera por el muro que formaba el pié de cama. No tuve más remedio que levantar la cabeza y, aun con la dificultad que ofrece la miopía, distinguí la figura inconfundible de mi padre que, por lo que parecía, necesitaba hacer un pis urgentemente.
Aunque nos vislumbró en ropa interior (yo solo estaba en braguitas) no nos dijo nada y yo preferí hacerme la dormida en lugar de enfrentarme a esa situación realmente incómoda.
Esa noche me cayó una pequeña reprimenda por no haber bloqueado bien la puerta además de haber pasado la noche con mi NOVIO cuando sólo llevábamos un mes saliendo. En fin, algo tenían que decir.
En vista de la inseguridad que tenía aquella casa en cuanto a intimidad se refería, nos vimos obligados a cambiar de “nidito de amor” y acabamos usando su dormitorio para ciertas ocasiones.
Empezó a ser habitual que, por las tardes, me tocara coger el tren para ir a su casa y así estar juntos e intimar. Una tarde que estábamos solos y él ya había jugado suficientemente on-line, empezamos a besarnos y a acariciarnos suavemente, pero subiendo el tono por momentos.
Ya ardiendo, me arrancó la blusa que hacía juego con mi minifalda y yo le arrebaté la camiseta, comencé a mordisquearle ligeramente los pezones, para luego ir bajando hasta su cinturón, el cual desabroché con soltura, y así encontrarme con el interior del huevo sorpresa. Le despojé de sus pantalones y calzoncillos a la vez y me dediqué a rozar con dedicación su generosa virilidad. Jugueteé con ese largo caramelo apretándolo con mi lengua contra el paladar, succioné con mis labios al ritmo de los gemidos de Miguel y lamí sus testículos como si se trataran de dos bolas de mi helado favorito. Al cabo de unos minutos de volverle loco con mi lengua y mi gran capacidad de succión para las tres partes más sensibles del hombre, éste empujó levemente mis hombros hacia arriba en señal de que parara: ahora le tocaba a él. Al mismo tiempo que se levantaba de la cama me tumbaba a mí.
Sobó, lamió y también mordisqueó mis senos los cuales le ponían a mil con tan sólo mirarlos. Pero su atención no se encontraba sólo ahí, su mano, que se movía lentamente por debajo de mi falda sin levantarla, introdujo su dedo índice justo donde se encontraba mi punto G, lo cual me produjo un notable placer físico junto al que se siente al apreciar el ser tan deseada. Un poco más adelante ya sólo pensaba en el placer físico, sobre todo cuando percibí, entre tanta lubricación natural, que ya me había metido otros dos dedos de la misma mano. Le pedí que por favor se detuviera ahí, no porque no me gustara, todo lo contrario, el deleite era tan grandioso que creía perder la razón, pero quería tener un orgasmo conjunto por lo que, sin dejar que pasara un segundo más, le coloqué yo misma el condón, me volví a tumbar, me quité las braguitas que al parecer no había tenido tiempo a quitarme, y le atraje hacia mí para que me volviera a penetrar como tan bien me parecía que hacía. Después de un corto pero más que satisfactorio orgasmo femenino, se detuvo y me pidió que me pusiera a 4 patas, y sin rechistar me coloqué en dicha posición. Al parecer, hay varios niveles de altura para esa postura en concreto dependiendo de lo que pretendas con ella. Por nuestro desconocimiento, me puse en una posición que resultara lo más cómoda posible para mí, inocentemente, sin tener en cuenta de que podría llevar a “malentendidos”. Por suerte en ese momento, acertó diana con su embestida pero se salió un par de veces de su órbita, y a la tercera vez que de forma muy enérgica y pasional me la clavó… ¡Auch!
No se habría cerciorado de su error, aparentemente, de no ser por el sorprendido grito de horrible dolor que sentí al haber sido penetrada por la puerta trasera.
Por supuesto, aunque nuestra relación no había acabado ahí ya que un error lo tiene cualquiera, se me pasaron las ganas de todo y Miguel tuvo que acabarlo esa noche por su cuenta.
Afortunadamente esa cierta experiencia dolorosa fue bloqueada al instante por mi memoria, pero sigo odiando el sexo anal hasta el día de hoy. Aun así, me considero una persona de mentalidad abierta y me gustan las segundas oportunidades, procuro probarlo todo más de una vez porque nunca se sabe, y “el anal” no es una excepción.
2 comentarios:
Exigimos más contenidos!
Hola Servo, agradezco que os guste mis historias a los seguidores y que seais tan fieles pero, por favor, no me presioneis exigiendo que haga algo que empecé por gusto y sin ánimo de lucro. Sólo conseguireis que lo aborrezca y deshaga la página. Si no escribo es porque no tengo tiempo o porque no "me llega la inspiración".
Espero que lo entendais, una vez más, gracias por seguirme.
Un saludo
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