En mi “época del lado oscuro” tuve la oportunidad de conocer a muchos chicos y, aunque el 98% de ellos los pude catar, me quedé con las ganas de probar a ese 2% que se quedaba en el tintero.
Uno de ellos, Fabián, parecía que, simplemente, no se interesaba por mí; nunca entendí porque que qué me había enrollado con dos amigos suyos y otro que se quedó con las ganas... aunque pensándolo bien, igual era precisamente por eso, no querría ser una conquista más o, sencillamente, no se percató en ningún momento de mis fichas. Nunca lo sabré.
El otro, Jaime, era otra historia.
Le conocí en “el Medi” una noche de sábado cualquiera (como pasa en todas las “grandes” historias). Era una de esas en las que ya había tenido mi compensación por haber salido de fiesta, pero seguía contentilla, algo raro ya que, cuando me enrollaba con alguien, seguidamente me llegaba el bajón, por lo que me quedaba noche por delante. Por causas desconocidas pero no extrañas, Coral se encontraba en una mesa de jardín rodeada de gente que parecía que se divertía mucho con ella, así que yo me apunté sin que me invitara nadie a la improvisada reunión. Resultó que todos los componentes de ese grupo vivían en el mismo pueblo que yo. Por ello, me integré rápidamente en las conversaciones que se debatían en la mesa. Entre ellos había un pelirrojo bastante majo y un morenazo de ojos almendrados, muy alto y tremendamente atractivo al que no pude quitarle los ojos de encima. Aparentemente, a él le pasaba lo mismo conmigo y empezamos a tontear inocentemente. Se podía cortar la atracción sexual con tijeras. Y cuando parecía que iba a pillar por segunda vez esa noche, dejó caer que tenía novia... Así que nos despedimos con dos besos y miradas llenas de lujuria pero nada más.
El siguiente encuentro sucedió al cabo de unos meses, en un pub de Urbetera de Taras, donde me anunció con una exclamación de felicidad que estaba libre y soltero al fin. Me alegré por él y le comuniqué que entonces era yo la “esclava” de una relación por lo que estábamos exactamente igual que al principio... con las mismas lujuriosas miradas.
No fue hasta al cabo de un año cuando volvimos a coincidir, esta vez en el tren, y supimos que los dos éramos solteros y sin compromiso. Bajamos del tren y me acompañó a mi destino, que era la papelería donde yo trabajaba entonces. Abrí las puertas del local, entramos y, al llegar al mostrador, sin contenerse un segundo más, me besó fervientemente apretándome contra él para no permitirme escapar, aunque mi intención no era otra que derretirme. En un arrebato calenturiento, me agarró por las nalgas y me levantó para sentarme en el alto mostrador y así encontrarme a la altura de las circunstancias. Quería hacerlo allí mismo, en mi trabajo, sabiendo que mis jefes llegarían en cualquier momento. Como yo todavía tenía cierto reparo en practicar el sexo en lugares públicos, y más cuando puedes perder tu trabajo, intenté enfriarle y le demostré que, realmente, no era capaz de aquello. Así que quedamos para el sábado por la noche, cena y cine en el centro comercial.
Nunca había deseado tanto una cita como deseaba que llegara esta. Jaime me recogió cerca de mi casa con su Citroën Xsara Picasso y nos fuimos a cenar. No podíamos evitar la concupiscencia en nuestras miradas y pensábamos que ya iba siendo hora de desatarnos. Después de una -todavía- económica cena en el Burguer King y a la paciente espera para entrar a la sala del cine donde veríamos “Asesinato 1,2,3...” de Sandra Bullock, nos quedamos en la terraza del centro distrayéndonos con las luces de las casas que se encontraban en las faldas de las montañas cercanas. En ese momento en que me quedé frente a la barandilla, él se puso detrás de mí y empezó a besarme lleno de sensualidad en el cuello, entonces me giré y nos dimos un largo, cálido y húmedo beso justo antes de entrar a coger palomitas.
Mi curiosidad por la película menguó cuando una mano de Jaime empezó a buscar por debajo de mi falda mientras volvía a “atacar” mi cuello, hasta el punto que quería salirme de allí para poseerlo de una vez.
Por fin se acaba la película pero todavía teníamos que volver a casa... bueno, quien dice a casa... se me entiende, ¿no?
Cogimos el coche y, por el camino, cogió mi mano izquierda y la presionó contra su paquete que aprecié a punto de explotar. Por fin encontramos un rinconcito en el campo (difícil de encontrar alguno más asilvestrado que ese). Seguidamente, con la cuenta atrás de esa bomba de su entrepierna casi llegando al 1, se sentó en el asiento del copiloto del cual me había levantado previamente por no saber la idea que tenía, lo reclinó, se puso el condón en su, por desgracia, sorprendentemente pequeño pene, y me senté sobre él. Yo estaba tan caliente que debía estar quemándole la pelvis y esa debía de ser la causa por la que no sentía la penetración de Nada. Empecé a moverme frenéticamente sobre él para que la fricción calmara mis “picores” pero, aparentemente, a Jaime no le gustaba en absoluto ya que no dejaba de pedirme que lo hiciera mas despacio. Acabé dejándome mover por él sin sentir yo alivio ninguno pero claro, él SÍ que tuvo su final feliz. Con cierta frustración y dolor de rodillas por habérmelas dejado en los laterales del asiento (no recomiendo a nadie hacerlo ahí), me dejó en mi casa y, por supuesto, no tardé mucho en complacerme por mi cuenta, al menos me pude proporcionar mi propio final feliz para esa noche.
Sentí cierta desilusión por el fracasado polvo que creía sería perfecto, después de todo, era el más esperado desde hacía mucho tiempo. Al menos, por eso mismo, me dispuse a darle otra oportunidad, al fin y al cabo, podría haber sido un simple golpe de mala suerte, la próxima será mejor, ¡seguro!
Dejé pasar varios días para poder recuperar la epidermis de mis rodillas y así volver a quedar con Jaime. Nuestra segunda cita se limitó a una cena en un restaurante más cercano para no tener que esperar tanto como la otra vez. Me di cuenta de que se calentaba con solo mirarme y eso me hacía sentir realmente bien además de que disparaba mi libído casi como la suya. Como animales de costumbres que somos, acudimos al mismo rinconcito de la última vez pero, en esta ocasión, nadie se sentó sobre nadie. Bajamos del coche y nos reencontramos frente al capó donde empezamos a besarnos con fuerza como si el mundo se acabara esa noche. Me bajó el tirante del vestido y fue besando mi cuello hasta el escote donde metió la mano y sacó un pecho de un pellizco en el pezón, algo que no me gustó pero me aguanté. Mordisqueó la rosada aréola mientras bajaba el otro tirante y ayudaba a que todo mi busto quedara al descubierto. Yo, sin perder el tiempo, le agarré el paquete duro y firme y lo liberé sorprendentemente rápido de sus ajustados vaqueros para descubrir lo que seguía siendo una “corta ilusión”, aunque tan rígida que se le pegaba a la parte inferior de su vientre como si tuviese miedo a las alturas. Después de varios pellizcos y mordiscos a mis senos, me agaché para chupar su dedo extra, pero enseguida se puso el condón para penetrarme inmediatamente. Abrió una puerta del asiento trasero y me metí en el coche colocándome a cuatro patas dejando mis nalgas cara al exterior el máximo posible, para entonces la postura del perrito ya era mi favorita ya que suelo llegar bastante rápido a mis múltiples orgasmos. Sin esperar un segundo, de pié desde fuera, me penetró. O al menos eso parecía por y sus gemidos, los cuales trataba de imitar para hacer que llegara a mí la misma embriagadora sensación que él conseguía disfrutar. Ya empezaba a sentir el agradable roce de su bálano en mi interior cuando, de repente, Jaime emitió un sonido de inconfundible éxtasis, apretó su pelvis contra mi culo durante un par de segundos y sacó su quinta extremidad con un condón lleno de esperma...
(Hombres: sé que lo que estáis a punto de leer es la peor pregunta que se os puede hacer jamás, pero espero que entendais que, en esa situación, no había alternativa posible.)
Al notar esos dos segundos que duró lo que estaba claro que era la última embestida, mi boca pronunció una duda que, creo que es totalmente irreprochable que necesitara ser aclarada:
¿¿¿YA???
Esta duda fue respondida con un simple, plano y aparentemente ofendido: “sí”. En vista de que la función había terminado para todos y que las luces pronto se apagarían en las gradas, volví a vestirme sin mediar palabra. Nos subimos al coche, me devolvió a casa y con un beso de tornillo nos despedimos hasta esa “próxima vez” que ya se sabía que no sucedería nunca más.