sábado, 10 de noviembre de 2012

A CUP OF SNOO SNOO



Después de cortar con Miguel y pasada mi desilusión en cuanto a las relaciones rápidas, decidí irme a probar suerte en el ámbito laboral extranjero. Encontré trabajo en un hotel de un pequeño pueblo pesquero “cercano” a Londres y, después de una semana de instalaciones y papeleos, ya estaba trabajando de camarera de pisos por primera vez en mi vida.
Pude comprobar que había gente de todas partes de Europa y más adelante se unieron dos chicos procedentes del Oriente Medio.
Por suerte para mí, ya que comprobé horrorizada que no sabía ni pedir mi desayuno de manera que se me entendiera, también habían españoles trabajando en el hotel. Aunque suene a chiste de los 90, en la cocina habían: un inglés, un francés y un alemán.  El pinche inglés era más o menos de mi edad y era realmente mono, sus facciones tenían un aire infantil lo que me recordaba a DiCaprio, al igual que su pelo rubio y los ojos grandes y azules. Aunque no me fijé enseguida en él, parece que él sí que se fijó rápidamente en mí y, por lo que pude comprobar más adelante, fui marcada como su “próximo ligue”.
 Al principio creía que se estaban burlando de mí por no entender ni torta, Damian (pronúnciese “Deimian”) y Jesús, el Manager on Duty, pero nada más lejos que Cuenca. Mi frustración con el idioma estudiado durante más de media vida crecía por momentos. Jesús se prestó a traducir lo que decía Damian que parecía ir dirigido a mí, pero yo no le daba importancia hasta que el español dijo que “eso” pasaba de traducirlo, que ya se las apañaría el otro para que yo lo entendiera.  Sorpresa ruborizante a nivel fresón cuando descubrí lo que quería preguntarme Damian; su duda no era otra que saber lo que significaba la frase en español “¿quieres acostarte conmigo?” y yo, inocente de mí, se lo traduje guiándome por una canción que no había acabado de pasar de moda. ¿Que cuál fue su respuesta? “I’m working now, maybe later” … Si la pared tras de mi hubiera sido de color rojo sangre, no se hubiera apreciado diferencia entre mi cara y ella. Me largué del comedor del servicio toda indignada por el gol que me habían acabado de meter. Luego, pensándolo más en frío, la historia me fue pareciendo más anecdótica que inadecuada.
Luisa, mi nueva amiga italiana, celebraba su cumpleaños en la casa del servicio, la semana siguiente del “incidente lingüístico”, y Damian estaba invitado. Cogí una de mis mayores cogorzas esa noche, tanto, que no era capaz de subir al piso superior donde se encontraba mi habitación sin correr serio peligro de caer rodando por las escaleras. Mientras me estaba poniendo ciega de… ¿era cerveza?, charlaba con Damian cuando me confesó que ese había sido su último día en el hotel y que iba a tener que despedirse de todos. Al oír esas palabras me dí cuenta de que el único polvo seguro iba a desaparecer así que decidí demostrarle que mi despedida iba a ser diferente a la del resto de compañeros.  Las caricias y mimos de borracha perdida -dícese también cachonda- no sirvieron de mucho ya que el muy cazurro no lo pillaba. Nos despedimos con un largo abrazo y se fue aún con el temporal que se daba en ese momento.
Yo me quedé valorando mi borrachera y considerando pedirle ayuda a Luisa para subir, pero entonces sonó el timbre de la casa. Era Damian empapado. Le pregunté si es que se había dejado algo pero no supo responderme nada concreto, ahí la que no pillaba nada era yo. Como buena samaritana le ofrecí una toalla pero había que llegar a mi cuarto ya que cada uno tenía sus cosas en sus respectivos dormitorios. No se opuso a la idea de acompañarme para llegar al objeto mencionado y con paciencia me llevó hasta la puerta, la abrí, busqué la toalla y se la brindé, se secó la cabeza un poco, la soltó y nos besamos. Me gusta abrazar mientras beso y esa costumbre no se me va ni por muchas cervezas que me tome, al hacerlo noté una empapadísima chaqueta y se la quité porque pensé que iba a darle más frío que calor, pero él no lo entendió así. Creyó que lo estaba desnudando y parece que era la señal que esperaba para poder desnudarme él a mí ya que la velocidad con la que lo hizo fue pasmosa. Justo en el momento en que él seguía con la misma ropa (sin chaqueta) pero yo ya estaba totalmente desnuda, llamaron a la puerta. Me puse mi bata y abrí: era mi compañera de habitación que solo quería coger una cosa y volverse a la habitación contigua donde residía su novio Jesús. Supongo que notó que cortó mucho el rollo porque su interrupción fue de segundos.
Al cerrar la puerta con cerrojo y sabiendo que Nuka captó lo que iba a pasar, y que por ello no iba a volver hasta mañana, nos sentimos libres de fornicar sin miedo.
Él se quitó toda la ropa, me tumbó en la cama ya sin la bata y contempló mi cuerpo completamente desnudo. Pasó la mano suavemente sobre mis pechos y mi cintura mientras decía “you are really beautiful” y yo le respondí algo así como que yo no lo creía pero que vale. Le dí un condón y me pareció que se lo estaba poniendo. Entonces me dio la vuelta colocándome a cuatro patas sobre el colchón y sin tardar un segundo más, me penetró fuerte y sin titubeos. No hubo preliminares, sólo sus caricias. Pasó de ser un atento caballero a una bestia semental.  Sus embestidas eran rotundas, su escroto depilado rebotaba tan fuerte sobre mi clítoris que lo hacía humedecer de forma incontrolada. Me tenía cogida muy firmemente de la cadera y, aunque hubiera querido, no habría tenido escapatoria. Esa situación me excitaba todavía más. Mis gritos de placer intentaron ser silenciados por su mano pero sin resultados. Me llevó al éxtasis como en cuatro ocasiones antes de que su pene saliera para llamar a la puerta trasera.  Entró suavemente pero sin dilación, la fricción seguía ocasionándome placer aunque, en este caso, mezclado con una sensación que no podría llamarse dolor, pero tampoco era agradable, simplemente extraña. Los efectos del alcohol seguían en escena y él seguía disfrutando del que podría haber sido su polvo del año, ya que yo no le negaba nada y recibía orgasmos sin parar. Sacó su masculino miembro de mi intimidad trasera, me empujó suavemente hacia un lado indicando intención de volver a dejar mis senos a la vista. Allí tumbada y extasiada, me penetró de nuevo con energía. Esta vez aprovechó para lamer mis pezones con una lengua ardiente y totalmente excitante sin que su pelvis perdiera su frenético ritmo. Faltaba poco para el final. Pero eso no hizo que mi, ya colección de orgasmos, cesara de adquirir novedades. Cuando mi amante no pudo esperar a que yo llegara por enésima vez al nirvana, sacó su virilidad y esparció sus fluidos por todo mi cuerpo llegando hasta mi boca.
No hubo más que decir, y menos en inglés cuando está una en estado casi de resaca y aprendiendo el idioma. Me ayudó a lavar las partes de mi cuerpo que contenían pruebas irrefutables de lo que había acabado de pasar. Se vistió y se fue. Yo me quedé mirando los efectos de un terremoto que había sufrido mi cama… junto a un condón sin precinto y a medio desplegar que, obviamente, no habia acabado donde debía.

(Mi memoria me dice que su entrada por detrás no se autorizó pero, borracheras posteriores, me dicen lo contrario).

miércoles, 11 de enero de 2012

DISCULPAS

Buenos días fieles seguidores,

Os pido disculpas por tener abandonado este blog últimamente. Mi familia está pasando por una racha bastante mala con respecto a temas de salud y mi tiempo cada vez está más limitado y mis ánimos bajo cero. Espero que esto no os impida seguir esperando una nueva publicación ya que hay un borrador ya en marcha pero no está terminado. Deseo poder volver a la rutina de publicar uno por semana o al menos cada quince días pero no hay garantía de que pase este año. Gracias por estar ahí, aunque no lo parezca, ayuda a no abandonar completamente el blog el saber que habrá alguien que lo lea.

Saludos a todos.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Y ya está...

En mi “época del lado oscuro” tuve la oportunidad de conocer a muchos chicos y, aunque el 98% de ellos los pude catar, me quedé con las ganas de probar a ese 2% que se quedaba en el tintero.
Uno de ellos, Fabián, parecía que, simplemente, no se interesaba por mí; nunca entendí porque que qué me había enrollado con dos amigos suyos y otro que se quedó con las ganas... aunque pensándolo bien, igual era precisamente por eso, no querría ser una conquista más o, sencillamente, no se percató en ningún momento de mis fichas. Nunca lo sabré.
El otro, Jaime, era otra historia.
Le conocí en “el Medi” una noche de sábado cualquiera (como pasa en todas las “grandes” historias). Era una de esas en las que ya había tenido mi compensación por haber salido de fiesta, pero seguía contentilla, algo raro ya que, cuando me enrollaba con alguien, seguidamente me llegaba el bajón, por lo que me quedaba noche por delante. Por causas desconocidas pero no extrañas, Coral se encontraba en una mesa de jardín rodeada de gente que parecía que se divertía mucho con ella, así que yo me apunté sin que me invitara nadie a la improvisada reunión. Resultó que todos los componentes de ese grupo vivían en el mismo pueblo que yo. Por ello, me integré rápidamente en las conversaciones que se debatían en la mesa. Entre ellos había un pelirrojo bastante majo y un morenazo de ojos almendrados, muy alto y tremendamente atractivo al que no pude quitarle los ojos de encima. Aparentemente, a él le pasaba lo mismo conmigo y empezamos a tontear inocentemente. Se podía cortar la atracción sexual con tijeras. Y cuando parecía que iba a pillar por segunda vez esa noche, dejó caer que tenía novia... Así que nos despedimos con dos besos y miradas llenas de lujuria pero nada más.
El siguiente encuentro sucedió al cabo de unos meses, en un pub de Urbetera de Taras, donde me anunció con una exclamación de felicidad que estaba libre y soltero al fin. Me alegré por él y le comuniqué que entonces era yo la “esclava” de una relación por lo que estábamos exactamente igual que al principio... con las mismas lujuriosas miradas.
No fue hasta al cabo de un año cuando volvimos a coincidir, esta vez en el tren, y supimos que los dos éramos solteros y sin compromiso. Bajamos del tren y me acompañó a mi destino, que era la papelería donde yo trabajaba entonces. Abrí las puertas del local, entramos y, al llegar al mostrador, sin contenerse un segundo más, me besó fervientemente apretándome contra él para no permitirme escapar, aunque mi intención no era otra que derretirme. En un arrebato calenturiento, me agarró por las nalgas y me levantó para sentarme en el alto mostrador y así encontrarme a la altura de las circunstancias. Quería hacerlo allí mismo, en mi trabajo, sabiendo que mis jefes llegarían en cualquier momento. Como yo todavía tenía cierto reparo en practicar el sexo en lugares públicos, y más cuando puedes perder tu trabajo, intenté enfriarle y le demostré que, realmente, no era capaz de aquello. Así que quedamos para el sábado por la noche, cena y cine en el centro comercial.
Nunca había deseado tanto una cita como deseaba que llegara esta. Jaime me recogió cerca de mi casa con su Citroën Xsara Picasso y nos fuimos a cenar. No podíamos evitar la concupiscencia en nuestras miradas y pensábamos que ya iba siendo hora de desatarnos. Después de una -todavía- económica cena en el Burguer King y a la paciente espera para entrar a la sala del cine donde veríamos “Asesinato 1,2,3...” de Sandra Bullock, nos quedamos en la terraza del centro distrayéndonos con las luces de las casas que se encontraban en las faldas de las montañas cercanas. En ese momento en que me quedé frente a la barandilla, él se puso detrás de mí y empezó a besarme lleno de sensualidad en el cuello, entonces me giré y nos dimos un largo, cálido y húmedo beso justo antes de entrar a coger palomitas.
Mi curiosidad por la película menguó cuando una mano de Jaime empezó a buscar por debajo de mi falda mientras volvía a “atacar” mi cuello, hasta el punto que quería salirme de allí para poseerlo de una vez.
Por fin se acaba la película pero todavía teníamos que volver a casa... bueno, quien dice a casa... se me entiende, ¿no?
Cogimos el coche y, por el camino, cogió mi mano izquierda y la presionó contra su paquete que aprecié a punto de explotar. Por fin encontramos un rinconcito en el campo (difícil de encontrar alguno más asilvestrado que ese). Seguidamente, con la cuenta atrás de esa bomba de su entrepierna casi llegando al 1, se sentó en el asiento del copiloto del cual me había levantado previamente por no saber la idea que tenía, lo reclinó, se puso el condón en su, por desgracia, sorprendentemente pequeño pene, y me senté sobre él. Yo estaba tan caliente que debía estar quemándole la pelvis y esa debía de ser la causa por la que no sentía la penetración de Nada. Empecé a moverme frenéticamente sobre él para que la fricción calmara mis “picores” pero, aparentemente, a Jaime no le gustaba en absoluto ya que no dejaba de pedirme que lo hiciera mas despacio. Acabé dejándome mover por él sin sentir yo alivio ninguno pero claro, él SÍ que tuvo su final feliz. Con cierta frustración y dolor de rodillas por habérmelas dejado en los laterales del asiento (no recomiendo a nadie hacerlo ahí), me dejó en mi casa y, por supuesto, no tardé mucho en complacerme por mi cuenta, al menos me pude proporcionar mi propio final feliz para esa noche.

Sentí cierta desilusión por el fracasado polvo que creía sería perfecto, después de todo, era el más esperado desde hacía mucho tiempo. Al menos, por eso mismo, me dispuse a darle otra oportunidad, al fin y al cabo, podría haber sido un simple golpe de mala suerte, la próxima será mejor, ¡seguro!

Dejé pasar varios días para poder recuperar la epidermis de mis rodillas y así volver a quedar con Jaime. Nuestra segunda cita se limitó a una cena en un restaurante más cercano para no tener que esperar tanto como la otra vez. Me di cuenta de que se calentaba con solo mirarme y eso me hacía sentir realmente bien además de que disparaba mi libído casi como la suya. Como animales de costumbres que somos, acudimos al mismo rinconcito de la última vez pero, en esta ocasión, nadie se sentó sobre nadie. Bajamos del coche y nos reencontramos frente al capó donde empezamos a besarnos con fuerza como si el mundo se acabara esa noche. Me bajó el tirante del vestido y fue besando mi cuello hasta el escote donde metió la mano y sacó un pecho de un pellizco en el pezón, algo que no me gustó pero me aguanté. Mordisqueó la rosada aréola mientras bajaba el otro tirante y ayudaba a que todo mi busto quedara al descubierto. Yo, sin perder el tiempo, le agarré el paquete duro y firme y lo liberé sorprendentemente rápido de sus ajustados vaqueros para descubrir lo que seguía siendo una “corta ilusión”, aunque tan rígida que se le pegaba a la parte inferior de su vientre como si tuviese miedo a las alturas. Después de varios pellizcos y mordiscos a mis senos, me agaché para chupar su dedo extra, pero enseguida se puso el condón para penetrarme inmediatamente. Abrió una puerta del asiento trasero y me metí en el coche colocándome a cuatro patas dejando mis nalgas cara al exterior el máximo posible, para entonces la postura del perrito ya era mi favorita ya que suelo llegar bastante rápido a mis múltiples orgasmos. Sin esperar un segundo, de pié desde fuera, me penetró. O al menos eso parecía por y sus gemidos, los cuales trataba de imitar para hacer que llegara a mí la misma embriagadora sensación que él conseguía disfrutar. Ya empezaba a sentir el agradable roce de su bálano en mi interior cuando, de repente, Jaime emitió un sonido de inconfundible éxtasis, apretó su pelvis contra mi culo durante un par de segundos y sacó su quinta extremidad con un condón lleno de esperma...
(Hombres: sé que lo que estáis a punto de leer es la peor pregunta que se os puede hacer jamás, pero espero que entendais que, en esa situación, no había alternativa posible.)
Al notar esos dos segundos que duró lo que estaba claro que era la última embestida, mi boca pronunció una duda que, creo que es totalmente irreprochable que necesitara ser aclarada:

¿¿¿YA???

Esta duda fue respondida con un simple, plano y aparentemente ofendido: “sí”. En vista de que la función había terminado para todos y que las luces pronto se apagarían en las gradas, volví a vestirme sin mediar palabra. Nos subimos al coche, me devolvió a casa y con un beso de tornillo nos despedimos hasta esa “próxima vez” que ya se sabía que no sucedería nunca más.

martes, 21 de junio de 2011

¡Por ahí no!


A Miguel lo conocí a través de Coral una noche de cacería y ninguno de los dos nos intentamos cazar mutuamente. Eso sí, nos caímos genial y a veces tenía la sensación de que ellos dos hablaban de mí en el trabajo. Incluso mi amiga le facilitó mi número de teléfono sin consultarme, aunque no me importó cuando vi para qué lo necesitaba: cada día me sorprendía con un poema por mensaje de texto.

Al cabo de poco tiempo y dos días después de la celebración de mi cumpleaños, me pidió salir por medio de un bonito poema de rimas asonantes.
Nos gustábamos bastante y compartíamos el secreto de no haber sido estrenados todavía en el sexo "com-penetrado" aun después de haber superado la mayoría de edad.
Un día, en la casa deshabitada aunque amueblada de mi tía, después de habernos sobrecalentado hasta el punto en que parecía salir humo entre nosotros, decidimos pasar a la fase final. Al fin y al cabo, nadie nos esperaba, éramos pareja y no hacíamos nada malo (qué raro...).
Después de aquel ebrio 69 tuve suficiente confianza en mí misma para introducir su dulce glande en mi boca, aunque no necesitó casi ni que lo tocara con las manos ya que los preliminares, en su caso, ya habían tocado su fin. Pero cuando su diestra se dispuso a suavizar el nerviosismo que los dos sabíamos que se daría mediante caricias a mi clítoris, descubrió un poco desconcertado una "puerta cerrada". Por ello imaginó que unas caricias no serían suficientes y decidió ayudarse con su órgano invertebrado: la lengua. Estuvo varios minutos recorriéndome con ella toda la zona sensible de mi cuerpo localizada entre las piernas, luego se colocó el condón y... Llegó el momento de la verdad, el que sabía que iba a doler después de mi última cita con el culé. ¡Pero no! Sucedió lo que para mí era inesperado, su bálano entró sin miedo y con cierta fluidez. Y es que lo que yo no sabía, era que Miguel ya me había lubricado los bajos a conciencia además de que no había cesado de besarme el cuello y los labios de manera tan sensual que casi me olvidé del pasado y empecé a disfrutar de lo que hacía unos pocos años me habían presentado "formalmente" en un garaje apenas a un par de kilómetros de allí.
Fue tremendamente íntimo a la vez que brioso, tanto que no nos preocupamos en volver a vestirnos, total, estábamos los dos solos y nadie iba a venir... o al menos eso creía yo.
Sobre las 8 de la mañana -cálculos de alguien que duerme como un tronco y le cuesta horrores despertar- oí que alguien levantaba la persiana que daba al patio y al cuarto de baño; como creí que se trataba de Miguel que necesitaría evacuar, apenas hice caso. Entonces se oyó un gemido somnoliento que provenía de la misma cama donde yo dormía, giré la cabeza y ahí se encontraba mi amado. En ese momento, un chispazo de despierta lucidez me hizo dar cuenta de que había otra persona más en la casa "inhabitada" y que parecía necesitar ir al baño.
Aquella casa sólo tenía muebles antiguos: camas enormes con pies y cabezales exageradamente altos y sofás demasiado mullidos. El dormitorio en el que habíamos desatado nuestra lujuria se encontraba justo al lado del salón y, por lo tanto, con la puerta abierta, podía ver desde mi posición quién era el intruso, si no fuera por el muro que formaba el pié de cama. No tuve más remedio que levantar la cabeza y, aun con la dificultad que ofrece la miopía, distinguí la figura inconfundible de mi padre que, por lo que parecía, necesitaba hacer un pis urgentemente.
Aunque nos vislumbró en ropa interior (yo solo estaba en braguitas) no nos dijo nada y yo preferí hacerme la dormida en lugar de enfrentarme a esa situación realmente incómoda.
Esa noche me cayó una pequeña reprimenda por no haber bloqueado bien la puerta además de haber pasado la noche con mi NOVIO cuando sólo llevábamos un mes saliendo. En fin, algo tenían que decir.
En vista de la inseguridad que tenía aquella casa en cuanto a intimidad se refería, nos vimos obligados a cambiar de “nidito de amor” y acabamos usando su dormitorio para ciertas ocasiones.
Empezó a ser habitual que, por las tardes, me tocara coger el tren para ir a su casa y así estar juntos e intimar. Una tarde que estábamos solos  y él ya había jugado suficientemente on-line, empezamos a besarnos y a acariciarnos suavemente, pero subiendo el tono por momentos.
Ya ardiendo, me arrancó la blusa que hacía juego con mi minifalda y yo le arrebaté la camiseta, comencé a mordisquearle ligeramente los pezones, para luego ir bajando hasta su cinturón, el cual desabroché con soltura, y así encontrarme con el interior del huevo sorpresa.  Le despojé de sus pantalones y calzoncillos a la vez y me dediqué a rozar con dedicación su generosa virilidad. Jugueteé con ese largo caramelo apretándolo con mi lengua contra el paladar, succioné con mis labios al ritmo de los gemidos de Miguel y lamí sus testículos como si se trataran de dos bolas de mi helado favorito. Al cabo de unos minutos de volverle loco con mi lengua y mi gran capacidad de succión para las tres partes más sensibles del hombre, éste empujó levemente mis hombros hacia arriba en señal de que parara: ahora le tocaba a él. Al mismo tiempo que se levantaba de la cama me tumbaba a mí.
Sobó, lamió y también mordisqueó mis senos los cuales le ponían a mil con tan sólo mirarlos. Pero su atención no se encontraba sólo ahí, su mano, que se movía lentamente por debajo de mi falda sin levantarla, introdujo su dedo índice justo donde se encontraba mi punto G, lo cual me produjo un notable placer físico junto al que se siente al apreciar el ser tan deseada. Un poco más adelante ya sólo pensaba en el placer físico, sobre todo cuando percibí, entre tanta lubricación natural, que ya me había metido otros dos dedos de la misma mano. Le pedí que por favor se detuviera ahí, no porque no me gustara, todo lo contrario, el deleite era tan grandioso que creía perder la razón, pero quería tener un orgasmo conjunto por lo que, sin dejar que pasara un segundo más, le coloqué yo misma el condón, me volví a tumbar, me quité las braguitas que al parecer no había tenido tiempo a quitarme, y le atraje hacia mí para que me volviera a penetrar como tan bien me parecía que hacía. Después de un corto pero más que satisfactorio orgasmo femenino, se detuvo y me pidió que me pusiera a 4 patas, y sin rechistar me coloqué en dicha posición. Al parecer, hay varios niveles de altura para esa postura en concreto dependiendo de lo que pretendas con ella. Por nuestro desconocimiento, me puse en una posición que resultara lo más cómoda posible para mí, inocentemente, sin tener en cuenta de que podría llevar a “malentendidos”. Por suerte en ese momento, acertó diana con su embestida pero se salió un par de veces de su órbita, y a la tercera vez que de forma muy enérgica y pasional me la clavó… ¡Auch!
No se habría cerciorado de su error, aparentemente, de no ser por el sorprendido grito de horrible dolor que sentí al haber sido penetrada por la puerta trasera.

Por supuesto, aunque nuestra relación no había acabado ahí ya que un error lo tiene cualquiera, se me pasaron las ganas de todo y Miguel tuvo que acabarlo esa noche por su cuenta.

Afortunadamente esa cierta experiencia dolorosa fue bloqueada al instante por mi memoria, pero sigo odiando el sexo anal hasta el día de hoy. Aun así, me considero una persona de mentalidad abierta y me gustan las segundas oportunidades, procuro probarlo todo más de una vez porque nunca se sabe, y “el anal” no es una excepción.

sábado, 14 de mayo de 2011

POSTURAS NUMERADAS Y NO NUMERADAS, 2ª parte

En el anterior capítulo:

Me llevó a una casa de dos pisos: el primer piso era donde vivía la familia y la planta baja podría llamársele perfectamente “el picadero” para él y sus hermanas.
Por desgracia descubrí la tradición familiar “in situ”.

Empezamos a desnudarnos de forma frenética, pues ya ardíamos de deseos cárnicos y, justo cuando mis braguitas habían abandonado ya su lugar correspondiente, alguien intentaba atravesar el umbral de la puerta previamente atrancada. Mi instinto me gritó taparme, mas, por alguna razón, esa cama sólo vestía una funda cutre y polvorienta de colchón. El segundo grito de mi instinto fue el plan B de huida que suele reducirse a esconderse pero: ¿Dónde?
Lo más inmediato, ya que todo esto sucedía en cuestión de segundos, fue debajo de la cama. Sin pensar en que podría haber cualquier cosa ahí abajo, me tiré rodando; sentía bastante vergüenza por tal reacción, pero a la vez me alegré de haber sido lo suficientemente rápida como para no ser vista en el caso de que Pablo no consiguiera llegar a tiempo de impedir la entrada del intruso. Cuando éste terminó de hablar con su hermana y se dio la vuelta, me llamó sorprendido de ver que había desaparecido de la faz de aquel colchón azul estampado de flores blancas.
Al salir desnuda de mi cubil, me di  cuenta de que la cosa no había sido para tanto pero no me reí mucho, eso ya me pasaría 10 años después al recordarlo. Nos relajamos entre besos y caricias y la temperatura volvió a subir casi inmediatamente.
Entonces ya me podía fijar en ese cuerpo tremendamente sexy y bien esculpido, sobre todo las zonas masculinas en las que más me fijo: tenía los brazos y el abdomen marcados por los músculos pero sin llegar a lo obsceno, perfecto. Sus manos, que rozaban mis pechos con sensualidad, eran muy suaves y viriles, todo en él estaba en perfecto equilibrio, incluso su más que notable masculinidad genital. Ésta ya se encontraba palpitante cuando su dueño puso mi mano sobre el paquete indicándome que la acariciase.
Era la primera vez que sostenía las intimidades de un hombre entre mis manos, aun después de todas las experiencias que había adquirido con el sexo opuesto, éstas no pasaban de magreos sobre la ropa y mucho boca-boca. A causa de haber visto muy poco porno, me dejé llevar por la imaginación y por lo básico que nunca falla: empecé a acariciarlo con delicadeza.
Él había hecho lo mismo con todo mi cuerpo y ya se encontraba su atención entre mis piernas mientras seguía besando mi boca, que pronto abandonó para dedicarse plenamente a besar mis labios... inferiores.
Esa sensación fue indescriptible, cada lametazo y sorbo que dedicaba a mi inexperimentado clítoris, suponía un escalón más al nirvana orgásmico.
Al encontrarse él tan excitado como yo, quiso disfrutar también del placer oral. Como un experto amante y bastante caballeroso que resultó ser, me dejó a mí completamente tumbada en la cama y se puso sobre mi sin tumbar su cuerpo del todo para darme acceso a su pene desde mi boca, de tal manera que la postura le permitiera seguir disfrutando de su suculento "postre" y a la vez, yo pudiera degustar el mío con todos sus matices. Ese "banana split" estaba ya a punto de caramelo. (algo que hizo plantearme si los genitales masculinos tenían ese estado como único al igual que el de las mujeres, siempre me los encontraba igual...)
Succionar esa punta rosada cual chupachups de fresa me causaba cierto placer novedoso y a él se le tensaban los músculos de las piernas en señal de "por favor, sigue por ese camino". En vista de esa respuesta, levanté levemente mi cabeza, mientras tenía mi golosina todavía dentro de la boca, para que el glande tropezara con mi paladar al mismo tiempo que mi mano derecha masajeaba su afeitado escroto.
Apenas oía sus gemidos, ahogados por los besos de tornillo que le dedicaba a mi vulva. Aunque se hacían más perceptibles según se tensaba mi mandíbula mientras la subía y bajaba a un ritmo que ascendía por momentos.
En dos ocasiones, Pablo me dió a saborear sus dedos empapados de mi propio jugo, al parecer había llegado a la cumbre por partida doble. Estos actos detonaron la lujuria de los dos hasta el punto de no retorno... sin resistirse más, dejé que se esparciera su semen por toda mi cara dejando que cayera un poco en mi boca para saborearlo mientras seguía chupando unos segundos más antes de que se desplomara rendido a mi lado.

La experiencia de sentir ese formidable placer que te permite demostrarlo haciendo que la otra persona sienta lo mismo y al mismo tiempo, es una de las posturas del Kamasutra más necesarias y deseosas de ser repetidas.

sábado, 30 de abril de 2011

POSTURAS NUMERADAS Y NO NUMERADAS


Cuando conocí a Coral en el cursillo de informática de verano, se podría decir que, oficialmente, daba comienzo a “mi época de tiempos mozos”, o también llamada por mí misma, por haber probado y hecho cosas de las que no me siento orgullosa ni tampoco me arrepiento: Edad del lado oscuro.
Congenié enseguida con Coral y empezamos a salir de fiesta todos los sábados con nuestras minifaldas negras y botas altas, rompedoras y llamando la atención allá donde íbamos. Teníamos nuestros pubs favoritos: el Mediterráneo y el Rumba.
Para comenzar la fiesta entrábamos al “medi” y, se podría decir que escaneábamos el interior del local mientras caminábamos hacia la barra del fondo donde se encontraba nuestro camarero favorito que, seguramente, pretendía zumbarse a mi amiga.
En el proceso de reconocimiento, era bastante posible encontrar alguna víctima de nuestros intencionados roces y que no sabría dónde se metía hasta que era demasiado tarde. Aunque era aún más que posible que nuestro coto de caza se iniciara en el Rumba. En el primer pub nos dedicábamos más a socializar y empezar con la tarea de emborracharse (cada vez se requerían más chupitos para conseguir nuestro buen fin).
Allí nos encontrábamos con amigos a los que invitábamos y luego hacían ellos lo mismo, así hasta las 3 y pico de la madrugada cuando ya se amenazaba con cerrar el local. Entonces era cuando la gran mayoría de usuarios del Mediterráneo nos trasladábamos al siguiente pub. Era gracioso ver que algunos se quedaban por el camino…
En el Rumba acababa alternando con todos los varones con los que pretendía intimar e incluso con los que no –vaya, que cosas…-. En una ocasión, me abordó un pobre chico que parecía necesitado de autoestima suplicando líos conmigo, al negárselos, ya que me parecía patético, se enfadó conmigo y aprovechó un momento del baile para darme tal empujón que casi acabé en el suelo. Hay gente que no sabe perder, pero este tío no me pareció que estuviera muy cuerdo…

Otro sábado, sin proponérmelo, me ligué a uno de los camareros que le gustaban a Coral. Por suerte, ésta hacía ya un tiempo que no mostraba interés por el mozo, diez años mayor que yo. Aún con el camino libre, no lo tenía yo muy claro, y cuando me besaba e intentaba tocar alguna parte de mi joven cuerpo, alguien le interrumpía llamándolo “asaltacunas” y cosas parecidas. Incluso estando yo bajo los efectos de mucho alcohol, recuerdo que estábamos en el porche del pub a la hora de cerrar y mi amiga se encontraba a nuestro lado tumbada y medio inconsciente por la sobrada dosis de licor de melocotón.
A causa de las numerosas interrupciones, el hombre se rindió limitándose a llevarnos a casa para que la otra no cogiese la moto en ese estado medio comatoso.

La noche en la que cené en el lugar de trabajo de mi compañera de juergas, no me podía imaginar que la acabaría en la cama con un desconocido.
Esta vez estaba especialmente empeñada en llevarme al huerto a ese guapo rubio de ojos color miel que decía llamarse Pablo. Después de haberme invitado a varios chupitos, gesto que interpreté como luz verde para enredarnos en la oscuridad, afortunadamente resultó que no me equivocaba.
Después de asegurarme de que Coral se iba en buen estado a su casa, acepté la invitación de Pablo de ir a la suya.
Me llevó a una casa de dos pisos: el primer piso era donde vivía la familia y la planta baja podría llamársele perfectamente “el picadero” para él y sus hermanas.
Por desgracia descubrí la tradición familiar “in situ”.

CONTINUARÁ…


Y en el próximo capítulo:
...justo cuando mis braguitas habían abandonado ya su lugar correspondiente, alguien intentaba entrar...

sábado, 23 de abril de 2011

Paréntesis

Buenos días a todos, lamento comunicaros que esta semana no me ha sido posible escribir el relato por varias razones: primero tuve muchísimo trabajo y no tuve tiempo ni fuerzas para encontrar la inspiración, luego tuve un par de días  de vacaciones y entre descanso y excursiones, tampoco tuve tiempo de escribir, y hoy estoy agonizando de dolor por culpa de ese defecto de fábrica que tenemos las mujeres unos días al mes.

Espero que me disculpeis esta semana y que no lo tengais en cuenta. Procuraré compensaros con un buen relato la próxima semana ya que procuro superarme en cada história.

Un saludo a todos y mis disculpas de nuevo...

Fdo. Lady Heather